Columna de Camila Martínez: El costo imperceptible de la inclusión

sordera niños



En el contexto del Día Internacional de la Discapacidad, es oportuno plantear las dificultades que enfrentan algunos niños y niñas en el sistema de educación inclusiva. Desde hace, al menos 30 años, la tendencia mundial en educación de niños y niñas con necesidades educativas especiales (NEE) o discapacidad, es incluirlos en escuelas regulares con adaptaciones que permitan su participación. Así, ha surgido un sistema educativo en el cual coexisten escuelas regulares con programas de inclusión, y escuelas especiales que tienen dedicación exclusiva a la educación de niños y niñas con condiciones específicas. Algunos resultados, nacionales e internacionales, muestran los beneficios que la educación inclusiva trae a estudiantes con NEE, así como a sus pares sin NEE. Dichos beneficios se ven reflejados en mejor desempeño académico, y en la participación con comunidades más diversas y, por lo tanto, más cercanas a la “realidad social”.

Todo este desarrollo ha llevado a un cierre progresivo de las escuelas especiales. Sin embargo, estos beneficios no parecen llegar a toda la comunidad de NEE de la misma manera. Y, más aún, hay un costo que parecen estar pagando algunos estudiantes con NEE en las comunidades educativas inclusivas. Este costo depende, fuertemente, del tipo y grado de afectación del estudiante, y su impacto puede tener repercusiones importantes en su desarrollo académico y proceso de vida. Por ejemplo, se ha visto que, estudiantes sordos ven un gran impacto negativo en su desarrollo psicoemocional cuando participan de comunidades inclusivas. Es decir, al menos para este grupo, las escuelas especiales parecen ser un espacio de desarrollo integral más apropiado para sus necesidades.

Este desarrollo psicoemocional, parece estar determinado por la posibilidad de compartir en comunidades que están mejor preparadas para su participación ya que, a pesar de los grandes esfuerzos que puede realizar una comunidad inclusiva, las adaptaciones difícilmente alcanzarán los niveles necesarios para la plena participación de estos estudiantes en la vida escolar. Para una plena participación de estudiantes sordos, por ejemplo, se requeriría que la comunidad escolar se comunicara (en su totalidad) en lengua de signos para que no exista un espacio de exclusión en el cual el o la estudiante es parte de una minoría lingüística. Esto, como podemos imaginar, es muy difícil y requeriría, además, que el resto de la comunidad escolar se comunicara en una lengua que no es su lengua materna, lo que implicaría un nuevo espacio de injusticia.

En resumen, la inclusión parece tener grandes beneficios, pero tiene también grandes costos que en ocasiones son imperceptibles para la sociedad. Esto quiere decir, que, a pesar de que las escuelas inclusivas son una buena solución, es importante mantener escuelas especiales para aquellos niños (y familias) que no quieran pagar el costo de la inclusión.

Por Camila Martínez, Centro de Justicia Educacional UC.

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