Columna de Cristián Monckeberg: Un llamado sin fuerza



El ruido informativo suele llegar a decibeles ensordecedores en la recta final de las campañas electorales, haciéndole la vida muy difícil a los que revisan cada detalle de las propuestas y los que suelen definir su voto a última hora, a la espera de las señales finales de los involucrados. El problema para el Gobierno de Apruebo Dignidad es que, tras su decisión de jugársela totalmente por la opción Apruebo, en una inédita apuesta que tiene a La Moneda con el bombo, entregando volantes en las esquinas y marcando casas, se ha optado además por el camino equivocado: el de los discursos emotivos, las frases grandilocuentes para la barra brava, las polémicas y, en buena medida, acudiendo al viejo recurso del miedo. Muchos bocinazos y gritos. Pocas definiciones políticas y previsión de escenarios futuros.

En ese escenario, el propio Presidente Gabriel Boric ha tenido una actitud errática. El Mandatario ha transitado, sin mucho ritmo, desde decir que cualquier resultado que produjera la Convención sería mejor que la actual Constitución, a que lo que se cambie de la propuesta se analizará luego del 5 de septiembre y, finalmente, a un llamado de última hora a su coalición para llegar a un acuerdo en que se manifieste qué esperan cambiar del borrador, antes del Plebiscito. A ratos aparece el Boric de la primera vuelta y en otros el de la segunda.

La intención del Presidente, en la que no incluyo a su gobierno porque cuesta entender qué es lo que buscan, se encontrará, no obstante, con tres escollos fundamentales: el primero tiene que ver con la falta de credibilidad del “apruebo para reformar”, que es una venta de pomada de aquellas, debido a la fórmula de laboratorio que se propone en el texto para cambiar la constitución, con las mismas reglas supramayoritarias que criticaban.

El segundo es el ímpetu de la izquierda dura, que ha dibujado una lógica polarizada respecto a la concepción del país y que entiende que hoy tiene la sartén por el mango. Tal como vimos y padecimos durante todo un año en la Convención Constitucional, no existe en ellos, integrantes mayoritarios de la coalición que sustenta el gobierno, un ánimo genuino de avanzar hacia el diálogo y los acuerdos en materia constitucional. “¿Por qué habríamos de reformar una coma del texto si se obtiene un triunfo electoral en septiembre?”, seguramente se preguntan.

Por último, se encontrarán con el problema de las definiciones y los costos asociados. En poco menos de 30 días, deberán vencer el ruido ambiente y señalar claramente aquellas materias que desearían reformar a partir del 5 de septiembre. Eso requerirá necesariamente situaciones de desacuerdo, de “quebrar huevos” y jugársela desde lo político para presentarle con claridad ese catálogo de cambios constitucionales a la ciudadanía. Lamentablemente, más allá de las buenas intenciones de algunos que hoy están jugados por el apruebo para reformar, la intención de conseguir un acuerdo previo al plebiscito termina siendo un llamado demasiado débil, sin fuerza, en que no se vislumbra ni la convicción ni la consistencia necesarias para llevarlo adelante.

Cristián Monckeberg Bruner

Exconvencional constituyente

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