Columna de Daniel Rodríguez: Recuperación educativa, un llamado a la acción



El Presidente Ramón Barros Luco habría dicho: “No hay sino dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen solución”. Esta frase parece explicar la gestión del Ministerio de Educación en estos últimos meses, lo que termina permeando la opinión pública con resignación respecto a lo que se puede hacer ante la crisis educativa derivada de la pandemia.

La inacción frente a la magnitud de las consecuencias negativas de la extendida suspensión de clases presenciales hace pensar que la actual autoridad confiaba en que los problemas se resolverían solos. El Ministerio quiso suspender la aplicación del Simce, como si medir la pérdida de aprendizajes tras la pandemia no fuera urgente y necesario. Al asumir, la autoridad presentó un plan de recuperación acotado y gravemente desfinanciado, acusando a la administración anterior por el bajo presupuesto. Pero a la hora de presentar su propia ley de presupuestos, no hizo nada significativamente diferente, y se demostró incapaz de ejecutar eficientemente el presupuesto anterior. Las cifras de asistencia no han recuperado su nivel previo a la pandemia y el foco sobre la importancia de las clases presenciales ha desaparecido del discurso.

Sin embargo, el Ministerio ha impulsado una agenda marcada por la condonación del CAE, el pago de la llamada deuda histórica de los profesores, la promoción de jornadas de educación sexual y la elaboración de un documento sobre un “cambio de paradigma”. Esta agenda muestra que el Ministerio está dispuesto a invertir cantidades muy significativas de recursos financieros y humanos en solucionar problemas, solo que entre ellos no está la recuperación educativa.

Las preocupantes cifras de deserción recientemente publicadas (55.000 niños abandonaron el sistema escolar el año pasado) y la escasa cobertura curricular que han conseguido los establecimientos municipales han obligado al ministro a enfrentar los hechos. Estos datos descolocaron a la autoridad, pues éste siempre abordó la recuperación como un problema de infraestructura. Ante la ausencia de una respuesta suficiente, el mismo Presidente de la República tuvo que referirse al tema, instruyendo a su ministro a dialogar y buscar soluciones.

Aún es posible abordar la recuperación de aprendizajes. Aunque suene sorprendente, no tenemos un diagnóstico. Por lo tanto, lo primero es elaborar un mapa, de acceso público y a nivel comunal, sobre la pérdida de aprendizajes. Lo segundo es impulsar con fuerza un plan de tutorías de foco universal (tras 6 meses de trabajo el Ministerio reportó una cobertura actual de las tutorías de 8.000 estudiantes. Hay más de tres millones esperando), aumentando el número de docentes disponibles dentro de la sala de clases para cada niño. Lo tercero es crear una subvención de emergencia, correctamente diseñada en sus incentivos, para financiar políticas de reintegración de estudiantes que hayan desertado, a nivel de sostenedor. Probablemente haya otras propuestas para complementar estas. Hay que pasar de forma urgente a la acción, este problema no va a resolverse solo.

Por Daniel Rodríguez, director ejecutivo de Acción Educar

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