Columna de Ernesto Ottone: ¿El día después?

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO



La dimensión de lo que está sucediendo con el coronavirus es enorme y la huella que dejará en la convivencia social será tan profunda, que cuando la ciencia encuentre un antídoto, y sobre todo una vacuna, si bien habrá un suspiro de alivio, difícilmente podremos decir que hemos llegado al ansiado día después.

No creo que volveremos sin más a una vida normal recuperando nuestras viejas rutinas y nuestra cotidianeidad añorada y que retomemos serenos nuestros caminos habiendo superado un doloroso bache como lo ha hecho tantas veces la humanidad en su largo recorrido.

La pandemia del Covid-19 ha sido mucho más que un bache en el camino.

Nos está mostrando que donde creíamos saber, resulta que había un “no saber” (Habermas), cuando creíamos tener un cierto grado de control sobre el quehacer humano había tan sólo una realidad precaria a merced de fuerzas y peligros que no controlamos y que apenas conocemos.

Las pandemias históricas nos parecían limitadas y limitables, las muertes masivas, que eran fruto de la decisión humana a través de guerras y masacres y, por tanto, una forma de barbarie, podían ser evitadas por la razón e idealmente eliminadas.

La actual pandemia es diferente, no depende de una decisión, la combatimos más en la oscuridad que en la penumbra, sin saber mucho cómo hacerlo, aprendiendo de nuestros errores, a tientas en una “selva selvaggia” (selva salvaje) como diría el Dante.

No hay modelos ni sistemas, apenas experiencias que parecen funcionar mejor que otras, a las que, con justa razón, nos apegamos.

Tampoco tenemos antecedentes históricos que nos sean de gran utilidad. Las comparaciones con otras pandemias anteriores difieren, como lo señala Strauss Kahn, radicalmente en dos puntos, el primero es el del carácter hiperglobal de la actual infección, capaz de atravesar todos los sistemas sanitarios, golpeando a ricos y pobres. Baste señalar que todavía lo peor parece estar por llegar, tanto en la primera potencia mundial de Estados Unidos de América como en la región más débil, África. El segundo punto es su carácter absoluto, nadie está fuera de riesgo.

Hoy, el número de individuos confinados en sus casas es dos veces superior a la población humana existente en 1919, cuando sobrevino la gripe española.

Algo se ha roto con tanto estruendo que no logramos tomarle el peso. Ello va mucho más allá de la parálisis gigantesca de la base económica de las condiciones materiales de existencia, tiene que ver con la evidente fragilidad de los seres humanos.

La cercanía de la muerte con la cual vivían los hombres en el pasado y que la modernidad parecía haber alejado a través de la prolongación de la vida, conteniendo la intolerable certeza de la muerte, ha vuelto por sus fueros.

La pandemia rompió en pedazos el trocito de infinito que nos hacía sentir algo menos vulnerables, viviremos en el futuro más lejos de una conciencia púber, la precariedad de la vida humana tenderá probablemente a incorporarse en la memoria colectiva.

No es claro cómo será ese mundo que vivirá con una sensación de riesgo y temor mucho mayor.

El mundo del futuro inmediato será por varios años más pobre de lo que era hace apenas unos meses; de no mediar un gran esfuerzo político, la superación de la pobreza volverá a estancarse y la desigualdad al interior de las sociedades puede crecer aún más. Es muy probable también que el proceso de convergencia entre países emergentes y desarrollados tienda a detenerse.

Si nos envolvemos en la mortaja del pesimismo, podemos imaginarnos, no sin razones, que predominarán los malos sentimientos, la desconfianza en el otro, el ansia de sacar partido para obtener ventajas geopolíticas, los nacionalismos autoritarios, las restricciones de las autonomías individuales a cambio de seguridad, la tendencia al aislamiento y la oposición a una cooperación económica regulada y a una gobernanza global real. Ya hay voces de líderes que dirigen países decisivos que pregonan un sálvese quien pueda.

Pero también podría predominar un camino en otra dirección capaz de sacar un tipo diferente de lecciones de la experiencia vivida en una dimensión más solidaria.

La pandemia nos ha mostrado que solo existe una respuesta colectiva frente al peligro de la infección, como solo hay una respuesta colectiva frente al cambio climático. Internet se ha mostrado como algo más que un instrumento individual. Ha mostrado su mejor potencial, actuando como una base de funcionamiento social que puede reforzar, no reemplazar, a sociedades conectadas en carne y hueso a través de la razón y los afectos de manera más horizontal y democrática.

Un mínimo de racionalidad nos muestra al observar lo sucedido que resulta absurdo o ideológicamente ciego seguir pensando la organización económica, social y política como una dicotomía entre el ámbito público y privado, se requieren uno al otro.

Un Estado eficiente, con recursos y capacidad estratégica para prevenir y reaccionar frente a lo imprevisto y un sector privado creativo, emprendedor y responsable socialmente, que respondan a una sociedad abierta, deliberativa, pero no fragmentada y polarizada hasta la ruptura. Ello en el marco de una economía global más justa y regulada, y una gobernanza global imprescindible.

Solo por ese camino se podrán mitigar las carencias y el sufrimiento que asomará para millones de seres humanos en el mundo en el futuro inmediato.

Sólo así, con objetivos de avance gradual, modestos pero realizables, se podrá lograr un mundo algo mejor y más seguro, no el mejor de los mundos, que es algo tan fantástico como fantasioso.

A menudo en Chile nos cuesta interiorizar que somos parte de un todo mayor, que las cosas que nos suceden son parte de las venturas y desventuras globales.

Por ello, conviene evaluar cómo se pasan las cosas en nuestro país con una mirada amplia y al mismo tiempo de criticar los errores que cometen los poderes públicos al enfrentar esta tragedia, seamos capaces también de valorar los esfuerzos y los resultados que se están logrando, que en buena parte son fruto de la construcción institucional republicana y democrática de los últimos decenios .

Claro, en algunas ocasiones el gobierno presenta un tino y una inteligencia comunicativa asintomáticos, es decir, indetectables.

En otras ocasiones, sectores de la oposición o de las oposiciones se distraen de sus deberes de cooperación crítica y se dedican a pensar que el pasto del vecino es más verde que el nuestro, escuchando arrobados a un personaje de rostro melancólico e ideas aproximativas, buenazo el hombre para dar consejos.

Lo que requerimos es mayor cooperación y templanza para derrotar la pandemia y enfrentar los duros tiempos que vendrán

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