Columna de Héctor Soto: En la planicie

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Según datos de la encuesta CEP, un año antes de la elección de Michelle Bachelet II, en diciembre de 2012, prácticamente la mitad del electorado estaba decidida a traerla de vuelta a La Moneda. La proporción de quienes pensaban que iba a imponerse en la elección presidencial del 2013 era incluso superior. Hasta ese momento, Sebastián Piñera no había hecho un mal gobierno -según se podía reconocer en el dinamismo de la economía, en la cantidad de empleos creados bajo su mandato y en la titánica reconstrucción del país tras el terremoto del 2010-, pero igual se sabía que la expresidenta iba a arrasar.

Cuando se mira en retrospectiva esa composición de lugar se aprecia lo mala que fue la campaña de Bachelet, puesto que con el correr de los meses, lejos de ampliar su base de apoyo, terminó reduciéndola. No obstante que la derecha competía con una candidata de emergencia nominada a última hora y con poca mística, y no obstante que ninguno de los candidatos restantes podía hacerle ni la sombra de una sombra a la exmandataria, Michelle Bachelet consiguió en primera vuelta solo el 46,7% de los votos, con lo cual debió someterse al trámite burocrático de una segunda vuelta que no estaba en los libros de nadie.

Ese es uno de los datos a tener en cuenta. El otro es que un año antes de la elección de Sebastián Piñera II, en diciembre de 2016, alrededor de un 20% del electorado estaba decidido a votar por él y una proporción algo mayor, el 27% de la ciudadanía, creía que sería el próximo presidente.

Cuando ahora se dice que el escenario presidencial está demasiado abierto, de lo que se está hablando es precisamente de esto. A menos de un año de la próxima elección presidencial, nadie puede mostrar cifras ni siquiera lejanamente parecidas a las de entonces. Estamos en una planicie. Las figuras de mejor desempeño en las encuestas, Jadue y Lavín, según Cadem, andan por rangos de 8 y 6%, respectivamente, en preferencias espontáneas. Muy poco. Lavín mejora su rating ante la pregunta de quién cree que será el próximo presidente, porque ahí sube a 16%, lo que de todos modos sigue siendo modesto.

Es verdad que quedan todavía varios meses para la elección y que las cosas ahora son mucho más líquidas que en el pasado. Por lo demás, como este año vienen varias otras alecciones (de alcaldes y concejales, de cores, de gobernadores regionales y de los miembros de la convención constitucional) es mucho lo que las victorias o derrotas de las distintas coaliciones les pondrán o quitarán a los precandidatos en competencia. Este efecto se hará sentir tanto en la centroderecha como en la centroizquierda, que son las coaliciones que inscribieron oportunamente sus primarias presidenciales, las cuales, según la ley, tendrán lugar el 4 de julio próximo. Es obvio, por ejemplo, que si un partido barre en alcaldes, o gana varias gobernaciones, o elige a una buena cantidad de convencionales, queda en mejor posición para que su precandidato coseche esas victorias. Al revés, retornos muy decepcionantes en plazas que se daban por seguras podrían tener el efecto inverso de hundir candidaturas.

Si finalmente, como es muy posible, por la forma en que los hechos se han ido precipitando, la centroizquierda termina alineándose en torno a Paula Narváez, está claro que el primer cometido de su campaña tendrá que ser aumentar los niveles de conocimiento que hoy está marcando. Buena parte del electorado ni siquiera le pone cara. Esto, que en otro tiempo hacía inviable cualquier campaña, puede hasta ser una ventaja en tiempos en que la política está tan desacreditada. Preferible el desconocimiento a cargar con una imagen negativa, dicen los audaces. Pero ¿será tan así? En política, lo que no figura simplemente no existe.

En la centroderecha la competencia será más dramática. Lavín lleva largos meses liderando las preferencias del sector, pero está claro que no tiene la suerte comprada. Ni siquiera en su propio partido, donde la interferencia de Evelyn Matthei le podría hacer más daño del que ya le ha hecho. Ocurre, además, que los nombres de Sichel, Desbordes y Briones podrían dar sorpresas, sobre todo los dos últimos, si es que la noche del 11 de abril logran adjudicarse triunfos importantes. Sichel, en este plano, está más desguarnecido, pero igual tiene una conexión con la gente y un discurso unitario, transversal y de gran sintonía pública, que en ningún caso debiera dejarlo callado esa noche.

En este 2021 el país se jugará demasiado en demasiado poco tiempo. No es un mandato de cuatro años, sino varios de los ejes del futuro, lo que está en juego. A veces pareciera que ni siquiera somos muy conscientes. Otras veces nos alarmamos. Entre uno y otro estado de ánimo, sin embargo, nadie perdona las vacaciones. Aun con pandemia, el verano naranja no afloja.

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