Columna de Héctor Soto: La tiranía del árbol



os mismos grupos que hace dos semanas decían -con toda razón, por lo demás- que “la vida está primero”, ahora se cambiaron a la vereda de enfrente y convirtieron el hambre en su demanda prioritaria. Este escenario, que era completamente previsible, porque desde luego hay una fracción importante de la población que vive al justo, si es que no encalillada hasta bastante más allá de sus ingresos, y que si en el día no genera en la noche no come, es el que las autoridades quisieron eludir postergando hasta donde fuera posible el establecimiento de cuarentenas estrictas, generales y forzadas. Estas medidas, aparte de ser muy difíciles de cumplir en los estratos más vulnerables de la sociedad, tienen un costo que, por supuesto, para la gente que vive al día es mucho más alto que para el resto. Eso lo supimos siempre y, por lo mismo, es un contrasentido rasgar vestiduras por los efectos de una medida que la mayoría del país estaba pidiendo y cuyos costos nunca fueron un misterio para nadie.

Sin embargo, hay mucha gente que se declara sorprendida. No solo eso. También escandalizada. Los sesgos y la falta de serenidad ya no en el análisis, sino incluso en la información pura y dura sobre la manera en que han evolucionado los contagios, permiten establecer una línea de continuidad evidente entre la forma en que el mundo mediático procesó las revueltas de octubre y lo que está haciendo ahora. El mismo alarmismo, la misma mala onda, parecida combustión, la consabida cuota de indignación. El énfasis puesto en el problema que se genera, por adjetivo que sea, no en el que se resuelve, por grande que haya sido. Por el lado de las políticas públicas, además, todo es poco, todo llega tarde, nada es como debería. Y a no olvidar: siempre hay que encontrar una víctima.

El curso de los hechos en las últimas semanas, desde luego, ha permitido un festín para estos enfoques. Ha sido una buena temporada de capturas. De hecho, eso es exactamente lo que significan las pandemias: los muertos suben, los contagios aumentan, los servicios de salud se estresan, las camas críticas disponibles disminuyen, los pobres la pasan peor. Y, por lo que dice la experiencia internacional, así se comportan siempre estas variables, hasta llegar a un peak. El problema es que no sabemos cuándo lo alcanzaremos. No sabemos si queda poco o falta mucho. Y, por lo mismo, que la incertidumbre es alta, el gobierno, con una estrategia coherente, pero que sin embargo algún margen deja al ensayo y al error, se prepara para escenarios que pueden ser mucho peores que el actual. Tanto es así que sigue fortaleciendo el sistema de salud con más infraestructura y personal y que Hacienda no quiso gastar la totalidad de los fondos solicitados en los programas de ayuda que han ido saliendo. Es casi un hecho que tendrá que financiar otros paquetes asistenciales.

Está claro que este gobierno no va a ser juzgado por las variables que logre manejar de esta crisis sanitaria, variables que hasta el momento conciernen, sobre todo, a una infraestructura de salud que sigue resistiendo y a un bajísimo índice de letalidad, sino por aquellas que no logre controlar. Por ejemplo, por la disponibilidad de camas críticas, por los retrasos inexplicables de los resultados de un test, por una o más declaraciones desafortunadas, por problemas que se hayan registrado en el caso de aquí o en el de allá. De nuevo: volverá a mandar el árbol, no el bosque.

Es obvio que en gran parte del sistema político y del sistema mediático hay una estrategia que es coherente, que consiste en no darle tregua alguna al gobierno. Dado este escenario, cuesta un poco entender la convocatoria a un acuerdo nacional formulada por el diputado Desbordes y el senador Insulza. Aparte de ellos y tres más, ¿realmente alguien ve algún espacio para instalar una iniciativa de este alcance?

No hay, entonces, mayores novedades en el frente. Seguimos siendo un país polarizado, como estuvo claro antes, durante y después de octubre último. Lo único nuevo, aparte de la crisis sanitaria, es la crisis económica, y está por verse hasta dónde y hasta cuándo la ciudadanía seguirá dando apoyo a las protestas del año pasado. Ese respaldo, que a comienzos de marzo estaba un tanto menguado, podría haberse debilitado más, dado el actual contexto de incertidumbre y estrechez. Pero hay quienes creen que nada de eso ha ocurrido y que, por la inversa, las razones de la movilización contra el establishment son ahora más fuertes que nunca. En esas estamos. Sin liderazgos, vamos a donde nos arrastre la corriente. Y a estas alturas podría ser cierto que nos gusta dejarnos arrastrar.

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