Columna de Héctor Soto: Saltando al vacío y sin red



Las elecciones del pasado fin de semana instalaron varios hechos. Primero, que el estallido cambió el eje de la política chilena mucho más de lo que se pensaba. Segundo, que la izquierda no liberal va a pesar en los próximos meses bastante más que la izquierda liberal. Tercero, que el Chile sensato y moderado, tal como el centro político, está en proceso de disolución, no sabemos bien si por castigo transitorio o por condena irrevocable. Cuarto, que en las actuales circunstancias la centroderecha es minoría (lo mismo: no sabemos si transitoria o irrevocablemente) y que no tiene en su mano ninguna otra llave más allá del acuerdo del 15 noviembre de 2019 para contener, moderar o negociar las demandas de la mayoría de la sociedad chilena. Quinto, que el terremoto electoral del pasado fin de semana no necesariamente determina lo que ocurrirá en la próxima elección parlamentaria y presidencial. Eso significa que a la derecha se le puede haber complicado mucho -muchísimo- el horizonte. Pero no es que el nuevo mapa político la haya dejado desde ya fuera del juego.

En cierto modo, mirando el cuadro desde la perspectiva de la derecha, por primera vez desde el retorno a la democracia la política chilena saltará, por así decirlo, al vacío y sin red. ¿En qué sentido? En el siguiente: hace años que se acabaron los senadores designados y que terminó el sistema binominal; está claro que concluyó el ciclo de la política fáctica y que incluso el Tribunal Constitucional dejó de ser lo que fue. También es un hecho de la causa que la derecha perdió el tercio. El camino, por consiguiente, está libre para que las mayorías se expresen sin mayores obstáculos y la sociedad chilena pueda elevar a rango constitucional aquellos acuerdos, aquellas normas e instituciones a los cuales concurran a lo menos dos tercios de los constituyentes.

Es verdad, asimismo, que Chile hoy está más cerca que nunca de elegir un presidente comunista. Y que hay un descontento con el modelo mucho más extendido de lo que la actual distribución de fuerzas en el Parlamento sugiere. Queda, sin embargo, aún mucha nebulosa respecto de dónde los chilenos queremos vivir. ¿Qué tipo de sociedad es la que deseamos? Por lo visto, no el modelo que salió de la transición y que tantos beneficios trajo en su momento. Por lo visto, no la sociedad de mercado que fuimos por más de 30 años, dinámica, pero al mismo tiempo responsable de grandes desigualdades. Está extendida la demanda por un mayor Estado de bienestar. Pero, ¿significa eso que queremos ir a una sociedad cerrada al exterior, predominantemente estatal, con poco espacio al emprendimiento y márgenes más bien acotados de competencia? ¿A qué se parece lo que más podría interpretarnos? Desde la buena fe y sin sesgos, ¿al Chile pre-73, a la Argentina peronista, a la Australia de los últimos años, a los países nórdicos, a la experiencia museográfica de las naciones socialistas?

El país está llegando a un punto a partir del cual sería sano comenzar a dilucidar estas conjeturas pronto. La oposición al actual gobierno ha sido especialmente exitosa en sus descalificaciones a los logros económicos, sociales y culturales del nuevo Chile. Sus estrategias de demolición han funcionado. Pero ha sido hermética en propuestas y proyectos alternativos de futuro. La oposición más radicalizada, incluso, no pierde el sueño ni un minuto por este vacío. Esto es política, dicen. Y lo único que vale en este ámbito es apostar en contra de lo que quiere tu enemigo. Eso basta y es guía suficiente para alcanzar el poder. La prueba es Venezuela: no por ser un país en ruinas el triunfo de la política ha dejado de ser total. Obviamente es un caso extremo. Pero, ¿cuánto de eso los chilenos estaríamos dispuestos a aceptar? ¿Mucho, poco, nada? Sería sano empezar a aclararlo.

Al final, las posibilidades de la centroderecha como actor político relevante en el futuro van a estar básicamente unidas solo a dos contingencias. La primera es que la respuesta de la mayoría del país a las anteriores incógnitas sea más matizada de lo que pretende la izquierda radicalizada. Esto aún está en proceso de definición. ¿Está la gente por reformar el modelo, que es una alternativa donde la centroderecha más de algo podría decir, o está por tirarlo a la basura, hipótesis para la cual obviamente son otras las fuerzas políticas las llamadas a operar?

La segunda contingencia concierne a lo que podríamos llamar las anomalías, los errores, las contradicciones. Son ineludibles en todo contexto político, aunque a veces parezcan una especialidad chilena. Si bien el país está ahora más izquierdizado que nunca, nada es tan monolítico para que tenga que ser leído en una sola clave. Fue cosa de verlo esta semana, a partir de la patética y enorme cantidad de errores en que incurrieron los triunfadores.

Cualquier observador con algún nivel de serenidad diría que hay veces en que el éxito puede ser un pésimo consejero. Y la derrota, después de todo, una experiencia no necesariamente desastrosa.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.