Columna de Manuel Díaz: Chile a través del espejo



Recientemente, durante el periodo electoral norteamericano, Ron Desantis desató una polémica al autodefinirse en una propaganda como un guerrero enviado por dios para defender al pueblo y su libertad. Este ficticio -como el representante de un bien mayor en la tierra- no es algo muy lejano a nuestra realidad. Claro, aún no vemos a ningún político autoproclamándose mesías en Chile (estrategia que, por cierto, pareció funcionarle al ahora reelecto gobernador), pero sí hemos visto a políticos como Giorgio Jackson poniéndose en una escala de valores superior y distinta a los que vinieron antes. Una épica similar también presenta el Partido de la Gente, quienes dicen “incomodar” a la élite, por lo que serían constantemente “atacados”. Así, parece necesario reflexionar en torno a estas formas de presentarse en la esfera pública.

Esta forma de hacer política nos presenta un mundo a través de un espejo erigido por ellos mismos, en donde se reflejan una construcción egocéntrica de su figura, una despectiva de los adversarios políticos y también una del pueblo que los sigue fervientemente hacia una utopía que varía según ideología. Es un país imaginario que, más de una vez, se ha demostrado que no existe. Pasó en los dos plebiscitos que hemos celebrado y en la mala calificación de los partidos en todas las encuestas de opinión pública. Sin embargo, no es fácil dejar de lado la épica de la empresa, puesto que, a pesar de todo, es efectiva.

La promesa se puede resumir en una de un mundo mejor, un idealismo paternalista donde se guía al pueblo a la tierra prometida en la que se elimina el mal: el fin del neoliberalismo, el fin del globalismo o el fin del neomarxismo, los que simbolizan, hasta cierto punto, el término del conflicto con el oponente político. Desde otra mirada, también presentan una salida fácil a los problemas que presenta el país, puesto que la causa de todos los males se puede identificar en un grupo específico fácilmente reconocible. Por lo tanto, la salida lógica sería superar el estado en que nos mantienen esas ideas o grupos específicos, sea por medios pacíficos o no.

Lo anterior implica que, incluso en la conversación con el oponente político —lo básico que exigen las reglas democráticas— no hay una búsqueda de llegar a un acuerdo como tal, sino que una sospecha constante. En otras palabras, a la persona del otro sector se la entiende como un enemigo y no como un adversario. Así, cuando la posición es criticada o los objetivos no se cumplen, siempre hay un chivo expiatorio: una campaña anticomunista, las fake news, la élite moviendo los hilos para sabotearnos, etc. Si no hay autocrítica real y tampoco dejamos de ver el mundo a partir del espejo, ¿cómo pensamos solucionar los problemas que afectan a nuestra sociedad? ¿Qué salida democrática podremos encontrar?

Kathya Araujo y Juan Pablo Luna han repetido más de una vez que para salir de la crisis tenemos que generar un gran acuerdo entre todos los sectores políticos y también a nivel social. Claramente esto también implica romper los espejos y confrontas las diferencias, siendo esto una tarea ardua y llena de asperezas que contrasta con las salidas fáciles que prometen las épicas políticas contemporáneas.

Finalmente, como Ortega y Gasset en su visita a nuestro país y frente al Congreso Nacional dijo: “No hay destino tan desfavorable que no podamos fertilizarlo aceptándolo con jovialidad y decisión”. Queda en nuestras manos decidir si nos seguiremos escondiendo en fantasías políticas, creyendo que una mayoría silenciosa nos apoya, o si afrontamos el desafío buscando realmente un Chile mejor huyendo de todo reflejo en el espejo.

Por Manuel Díaz, investigador de la Fundación P!ensa

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