Columna de Matías Rivas: La ética de Joan Didion

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La escritora, cronista y ensayista Joan Didion.



Supimos de Joan Didion cuando estaba mayor y había publicado gran parte de su obra. Sus últimos libros, El año del pensamiento mágico y Noches azules, fueron los que primero circularon en español. Ambos tratan sobre experiencias terminales: la muerte de su marido y la de su hija. Son tragedias que acontecen cuando ya está consagrada. Las fotos de esa época la muestran frágil, pequeña, con unos anteojos negros gigantes. Una mujer que ha sufrido calvarios enormes, de esos que enloquecen, que fue capaz de superarlos y escribir sobre ellos. Una estoica vestida de Chanel, cultivada en conmover y digerir sus padecimientos con entereza.

Esa imagen triste quedaría matizada, tiempo después, cuando se lanzó una antología de sus ensayos y reportajes, Los que sueñan el sueño dorado. Fue una revelación. Al menos así lo sentí como lector. Por fin podía enfrentarme a sus piezas cruciales, como En la cama, Sobre tener un cuaderno de notas y El álbum blanco. La fotografía de portada es de Julian Wasser. Muestra a Joan Didion posando en un auto enorme el año 1968 para la revista Vogue. Aparece en esa misma sesión con sus anteojos negros. En este volumen se puede apreciar su sofisticación y espíritu crítico. Pero, por sobre todo, se percibe su destreza para mostrar su yo, su identidad. Su escritura es tersa, precisa. La primera persona que utiliza es atenuada, distante. Aunque haga una revelación personal o refiera lo que acontece a sus cercanos, nunca traspasa los límites de la honestidad. No exagera. No subraya. La ironía está presente, y la sofisticación se descubre en la exactitud de cada cita y en la composición. La elegancia, en su caso, tiene que ver con distinción y la sobriedad. En ese sentido se asemeja a Natalia Ginzburg y Vivian Gornick. Dos contemporáneas.

Prefiero sus textos cortos. El breve artículo Sobre el amor propio es un clásico en el sentido más estricto de la palabra. Podría atribuirse a Marco Aurelio. El temple que destila es rotundo como la mejor prosa romana. Sus digresiones son cortas, se aprecian francas y concluyentes. Para Didion el amor propio es “una disciplina, un hábito mental que no se puede fingir, solo se puede desarrollar, adiestrar y obtener por medio de la persuasión”. Cree que su poder radica en “asignarles a las cartas sin responder su importancia real, liberarnos de las expectativas ajenas y devolvernos a nuestras propias manos: en ello consiste el enorme y singular poder del amor propio. Sin él, uno termina por descubrir la última vuelta de tuerca: que uno se ha escapado para encontrarse a sí mismo y ahora se encuentra la casa vacía”. No hay sabiduría en estas frases, sino que experiencia y una postura ante el devenir. Didion se sostiene en su singularidad, en su tesón y sagacidad para observar y desenvolverse en una realidad que le es adversa en innumerables ocasiones.

En la entrevista que le hacen a Didion para The Paris Review relata lo que le costaba su oficio. Su relación con las palabras era visual, material e intensa. Desconocía la conformidad con su trabajo. Admiraba a Hemingway por su prosa limpia. Dedica el ensayo Últimas palabras a escrutar su pasión por este autor. Cuenta que aprende a ordenar la sintaxis y la aparente simplicidad de sus párrafos. También hace referencias a su terrible biografía y a lo que significó para su generación como ícono: “El efecto del estilo Hemingway fue tan ubicuo que se convirtió no solo en la voz de sus admiradores, sino incluso en la de aquellos cuya forma de acercarse al mundo no estaba para nada arraigada en el individualismo romántico”.

Reviso otras fotos de Joan Didion. Veo cómo se modifica su rostro según las fechas. Suele salir fumando. En unas, se ve junto a su marido, John Gregory Dunne, y su hija en su casa en Los Ángeles en 1973. Es la etapa posterior al hipismo y a las comunidades, a Charles Manson y su grupo de asesinos que tanto indagó. Didion ya se había iniciado como novelista con Río revuelto, pero será Según venga el juego la novela con que logrará el reconocimiento. Trata de una actriz que depende de los hombres. A partir de esta historia alude a temas como el aborto, la locura y los matrimonios fallidos. Según ella, no sabe de qué van sus ficciones, las va armando de apuntes que cuelga en una pared hasta que se siente con la fuerza de darles un sentido.

El método de Didion es distintivo: alterna la información que consigue en sus pesquisas, en especial los detalles, con elucubraciones y algunas confidencias. Es minuciosa y cómica. Sorprende la cantidad de material que puede manejar sin perder el hilo. Esto se nota en sus reportajes sobre Centroamérica, Tierra Santa o Miami; o en sus perfiles ejemplares, como el que dedicó a John Wayne y a Georgia O’Keeffe.

Sin duda, parte de sus crónicas han quedado anquilosadas por el tiempo. Están datadas a un espacio y tiempo acotados. En cambio, sus ensayos íntimos mantienen intacto el nervio con que fueron concebidos. En Lo que quiero decir viene una extensa especulación sobre el arte de narrar. “Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa”. La ética de Joan Didion es la soledad, lo privado. Se reduce a lo esencial: auscultarse sin piedad, no hacer juicios, pues nada se sabe, ni ubicarse en el sitio de los impostores. Aguantar lo siniestro es inherente a la vida. Hacerlo sin quejas fue su condición única.

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