Columna de Óscar Contardo: Los barcos

Argentina's President Alberto Fernandez speaks next to Spain's Prime Minister Pedro Sanchez (out of frame) during a joint press conference outside the Casa Rosada in Buenos Aires on June 9, 2021. (Photo by JUAN MABROMATA / AFP)



En Hispanoamérica el racismo originario, colonial, está diluido en los discursos republicanos de una igualdad de fantasía. Las casi 30 combinaciones que distinguía el sistema de castas impuesto durante la conquista española -desde el mestizo hasta el cambujo, pasando por el jarocho y el octavón-, fueron reemplazadas por un esquema nuevo de clasificación que no aparece normado en ninguna ley, sino que funciona automáticamente, en nuestras cabezas, haciendo un trabajo de reconocimiento e identificación eficiente para distribuir los tratos, las dignidades y el poder: el roto en Chile, el naco en México, el cholo en Perú. Cada una de las nuevas naciones generó su propia versión de esta igualdad racial de fantasía y gestionó la segregación informal de su población a su modo, creando su propio proyecto nacional, generando sus mitos, ocultando bajo una alfombra retórica los despojos de un proceso de conquista y sometimiento complejo, que los nuevos estados se esmeraron en disimular con gestos simbólicos: disponer la imagen de indígenas en el escudo patrio, exaltar los vestigios de antiguas civilizaciones, venerar la valentía y la grandeza de los exterminados. Lo originario como un artefacto pretérito, decorativo, muerto.

En algunas regiones del continente, como la ribera sur del río de la Plata, pareciera que ni lo indígena ni lo africano hubieran dejado rastro, pese a la contundencia histórica de su existencia: una de las fortunas chilenas del siglo XVIII fue amasada gracias al comercio de esclavos africanos entre Buenos Aires y Santiago. Con ese dinero se compraron títulos de nobleza y se creó la Casa de Moneda. De un lado de la cordillera, guaraníes y esclavos africanos fueron enviados como carne de cañón para las guerras, hubo exterminios masivos de pueblos de la pampa presentados como guerras civilizatorias; del otro lado, una “pacificación” violenta, un extendido mestizaje blanqueado por la imaginación, y una historia vergonzosa de genocidio en el extremo austral. Pero ni los indígenas desaparecieron, ni los africanos murieron de frío, como alguna vez explicó una alta autoridad chilena en un encuentro internacional. Tampoco de los culíes embarcados en China en el siglo XIX y sometidos a trabajo inhumano en el sur de Perú y el norte de Chile. Los indígenas, los africanos y los culíes son parte de lo que somos, física y culturalmente: hacemos como que no existen, pero en realidad del único lugar del que se esfumaron fue de la historia oficial y de una mentalidad colonizada por un ideal europeo que funciona impecable de ambos lados de la cordillera. De lo que nadie se olvida nunca, eso sí, es de la inmigración masiva de los blancos desesperados que se embarcaron en Europa para buscarse una vida lejos de la miseria y la guerra. A la orilla Atlántica llegaron en abundancia, alterando la demografía colonial, modificando el paisaje humano, formando un nuevo mito de origen: “Los argentinos bajamos de los barcos”, dijo esta semana Alberto Fernández, el Presidente transandino, en conferencia de prensa en Madrid, mostrando las credenciales de blancura y arrojándole otra palada de tierra al foso de la infamia.

Fue Leopoldo Brizuela, un amigo escritor argentino, fallecido hace unos años, quien me contó la historia de la familia del cacique Incayal, un grupo de 12 hombres y mujeres mapuches llevados en 1880 desde el sur argentino al museo de La Plata, la ciudad de Brizuela. Allí los mantenían encerrados en el subsuelo, en cautiverio, los sacaban sólo para ser examinados por antropólogos. Los mapuches estuvieron siete años viviendo en el museo, hasta que empezaron a morir, repentinamente, uno tras otro. A la vuelta de un mes ya no quedaba ninguno vivo. Sus cuerpos no fueron enterrados, sino preparados para ser exhibidos como se hace con los animales o los objetos.

Parte de la familia de Brizuela se había bajado de los barcos. Algunos llegaron de Francia, otros de Galicia, pero la historia que a él siempre le interesó era la más difícil de rastrear, porque no había registros de ella: la de una bisabuela chilena, una mujer del Elqui, que se empleó como sirvienta en La Rioja y formó familia allí. Una vez, en La Plata, me mostró una foto, en donde posaban su bisabuela y sus hijas argentinas: mirá, me dijo, se parecía a la Mistral. Brizuela se ilusionaba con ese parecido, porque admiraba a la poeta casi tanto como a la música de Violeta Parra. Yo le respondí que probablemente tenía ancestros diaguitas, que hasta era posibles que fueran parientes, bromeé. ¿Cómo saberlo? Imposible. Es parte de ese pasado expulsado de la historia. Linajes que pocas autoridades latinoamericanas contemplarían en sus discursos, porque no provocan el orgullo de los barcos, sino la oscura vergüenza de un origen que se considera impuro, como la sangre mezclada de las viejas castas coloniales.

Las razas humanas no existen, lo que existen son fenotipos físicos y pueblos que migran constantemente. También existe el racismo, en todas sus intensidades y versiones.

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