Columna de Óscar Contardo: Los moderados

Actividad de la centroizquierda por el Rechazo, con la participación del grupo "Amarillos por Chile". Foto: Andres Perez



Uno de los rasgos más interesantes de la campaña del Rechazo, en especial del grupo de quienes se identifican como personas de centroizquierda o “amarillos”, es la apelación constante a la sensatez y la moderación. Suelen invocar ambos atributos como si se tratara de algo que juzgan propio, siempre en un sentido excluyente, es decir, son expertos en lo que podríamos llamar un “pensamiento equilibrado” al que no pueden acceder quienes discrepan de sus planteamientos. Son personas -dirigentes y activistas- que no plantean sus posturas como un conjunto de ideas o perspectivas políticas que eventualmente pueden ser debatidas, sino más bien señalando una distancia insalvable entre la mesura encarnada en ellos y la falta de seriedad imperante en todos los demás.

Esta lógica ha quedado muy clara en la manera de desdeñar el proceso democrático iniciado con el plebiscito de entrada y luego continuado con las elecciones de convencionales y la instalación de la Convención Constituyente. Según ellos, esas dos elecciones y sus resultados no son suficientes para juzgar el proceso como “democrático”, por un motivo muy simple y contundente: no fueron elegidas las personas que ellos habrían querido ver allí imponiendo sus puntos de vista, y no lo hicieron simplemente porque no lograron los votos. Lo honesto, por parte del grupo de desencantados que se identifica con la centro-izquierda, sería entonces preguntarse por qué la gente no vota por ellos, pero no lo hacen y han preferido considerarse excluidos, maltratados o víctimas de la ley del hielo. Sin embargo, perder elecciones no es lo mismo que ser marginado, es sencillamente la consecuencia de no lograr la confianza de un electorado en determinado momento. Muchos de quienes ahora se presentan como centroizquierdistas por el Rechazo fueron dirigentes protagónicos durante la transición, tal vez ellos deberían buscar el origen del desencuentro con sus votantes hacia finales de los 90, cuando los chilenos y chilenas comenzaron a manifestar una desconfianza cada vez más profunda en los partidos tradicionales y en el Parlamento, un descrédito que solo empeoró con el tiempo. Para esos dirigentes que ahora se presentan como la encarnación de la sensatez, el momento de ser responsable con el futuro debió comenzar en esa época, cuando sus partidos pasaron de representar ideas a transar intereses.

La metáfora de “la casa de todos”, tramposa en tantos aspectos, partiendo por comparar la vida pública de coexistencia entre extraños con la doméstica y familiar, es la expresión más concreta de ese espejismo de sensatez sostenido por frases hechas. Ese gesto de simplificación de la complejidad cae justamente en aquello que los autodenominados amarillos suelen invocar como una bestia ajena: el populismo. Un país no es una casa, ni una Convención Constituyente un almuerzo de domingo, ni un movimiento político es una agenda de contactos políticos, sociales y empresariales.

Otra manera habitual de los autodenominados “amarillos” de invocar el “pensamiento equilibrado” como un rasgo propio ha sido acusar a los adversarios de representar posturas “radicales” o “irresponsables” plasmadas en la propuesta constitucional. En términos prácticos, los graves errores que le achacan a la propuesta podrían demostrarse fácilmente, porque el texto está disponible; bastaría entonces exhibir una determinada disposición que en sí misma representara lo alarmante de la situación. Pero no han funcionado así. En cada una de las entrevistas que han concedido para criticar el texto han recurrido a exageraciones, parcialidades o aseveraciones que la propuesta constitucional no incluye. En algunas oportunidades han sido corregidos por sus entrevistadores o contrapartes, en otras han dado largos rodeos para evitar reconocer un error que se resisten a aclarar. Es decir, si están tan conscientes de las fallas del texto, si están tan seguros del descalabro que producirán determinadas disposiciones, por qué han sido incapaces de sostener públicamente esos puntos con nitidez, con la misma energía con la que difunden imprecisiones o con la misma insistencia con la que recurren a argumentos ajenos al texto o se victimizan, acusando sufrir la “cancelación” por la “tiranía de los muchos”. Lamentan estar siendo silenciados, justamente ellos, que tienen tribuna diaria y preferencial en todos los medios de comunicación. En nada de eso hay mesura ni sobriedad. Tampoco es mesurado acusar a una diputada de promover conductas propias del nazismo solo porque dijo que durante la campaña del Apruebo les darán adhesivos a las personas que visiten en sus casas para que los peguen en un lugar visible, una práctica de campaña que se ha hecho desde siempre por todos los partidos, pero que ahora se demoniza porque la diputada usó el verbo “marcar”, provocando una ola de alharaca y acusaciones ridículas y ofensivas que banalizaban algo tan grave como el Holocausto.

Es curioso cómo algunos ven nazismo hasta en un estornudo del adversario, pero les cuesta reconocerlo cuando lo han tenido cerca, muy cerca, en marchas callejeras de sujetos armados con bastones retráctiles durante campañas políticas o como contertulio en reuniones de camaradería lideradas por un señor que luego de hablar de poesía le rendía honores a un criminal de la SS. Eso no tiene nada de mesurado. Tampoco lo tiene sugerir que la entrega masiva de la propuesta constitucional es un despropósito, porque “la gente” -es decir los que no son como ellos- no va a entenderla. Eso no se llama equilibrio ni sensatez, sino desprecio. Un desprecio profundo justamente por quienes dicen querer salvar de la catástrofe que anuncian.

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