Columna de Pablo Ortúzar: Jugar el mismo juego

Foto: Agencia UNO



Los políticos rara vez toman en serio los programas presidenciales. Por buenas y malas razones: por un lado, es cierto que todo gobierno está sujeto a la contingencia, e insistir majaderamente en el programa puede ser imprudente. Por otro, está difundido en nuestras clases dirigentes -especialmente en la derecha- el desprecio por las ideas y su capacidad para orientar la acción. Nuestras élites confunden a menudo pragmatismo con gerentismo: administrar lo que hay como si fuera obvio y natural, apolítico.

Sin embargo, se va notando que el nuevo ciclo político demanda ponerle mayor atención a lo programático. Esto, porque el marco de sentido compartido durante los últimos 30 años por la mayoría de los actores se encuentra quebrado. Se fundieron las promesas de la modernización y, con ellas, su significado. Ya no hay una obviedad que administrar.

Esta situación puede enfrentarse de dos maneras: mediante una batalla campal entre facciones elitarias con programas excluyentes, o buscando consensos generales que permitan darle cauce a las disputas de los próximos 30 años. La segunda mitad del siglo XX, como mostró Pedro Morandé en “Cultura y modernización en América Latina” fue un cementerio de proyectos facciosos de modernización. Cada gobierno llegaba con su propia “planificación global” (Mario Góngora), borrando la obra del anterior. De ahí la frustración y las ganas de imponer una salida definitiva por la fuerza (“Todos querían la revolución” de Arturo Fontaine A.).

La alternativa a estos proyectos tipo castillo de arena playero es un rayado de cancha al que todos podamos ser leales. Así fue que se construyeron -y luego se han ido desarmando- los Estados de bienestar nórdicos. Y también el Estado social alemán. Un grueso marco programático común entre las principales fuerzas políticas es lo que permite que proyectos de transformación institucional profundos y de largo aliento puedan ser llevados a la práctica, soportando los matices y énfasis de cada bando. Fútbol se puede jugar de muchas maneras y por muchos equipos, pero hay que estar de acuerdo en que es fútbol lo que jugaremos. El desastre es cuando llegan, al mismo campeonato, un equipo de basquetbol, otro de tenis y un tercero de tiro al blanco. Así fue casi todo nuestro siglo pasado.

La construcción y el debate programático deberían tener, entonces, un sabor distinto en estas elecciones. Al igual que la Convención Constitucional, y quizás ayudándola, tendrán por desafío no sólo marcar diferencias entre los candidatos, sino buscar puntos estratégicos de acuerdo respecto al juego que queremos jugar hacia adelante. Discutir, para empezar, mínimos comunes relativos a cómo expandir Estado y mercado hasta que nadie de clase media sea, al mismo tiempo, demasiado rico para el primero y demasiado pobre para el segundo. Un diálogo que, por cierto, comenzará con las elecciones pero no terminará con ellas.

Algunos consideran que construir lealtades entre adversarios es traicionar. Que mejor pelearnos a muerte en base a ideologismos estrechos. No ven que esa disposición elitaria al conflicto permanente es la verdadera y gran traición al pueblo, que siempre termina como carne de cañón de las vehementes buenas intenciones de otros.

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