Columna de Óscar Contardo: El apartheid

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Según un informe encargado por organizaciones empresariales y la U. de los Andes, los líderes locales creían que sólo un 25% de la población pertenecía a la clase baja.



Dos semanas antes del plebiscito del 25 de octubre fue publicado un estudio encargado por organizaciones empresariales y la Universidad de los Andes sobre las percepciones que los miembros de la élite chilena tenían sobre la desigualdad. A los encuestados, en su mayoría empresarios varones, se les pidió describir en cifras el mundo más allá de su círculo inmediato. Los resultados demostraron una distancia considerable entre sus percepciones y los hechos concretos. El ejemplo más citado para ilustrar la diferencia fue el de la distribución de ingresos. Según el informe, los líderes locales creen que sólo un 25% de la población pertenece a la clase baja, que la clase media representa un 57% del total y que un 18% de los chilenos se sitúa en el grupo más acomodado. La realidad es muy distinta. Según los parámetros del Banco Mundial utilizados por la investigación, el 77% de la población chilena pertenece a la clase baja, quienes alcanzan ingresos medios solo conforman un discreto 20% y en la cúspide habita nada más que un 3% del total de la población.

El resultado del plebiscito, que le dio un 78% a la opción Apruebo y un 21 al Rechazo, me hizo recordar las cifras comparadas en el estudio de la U. de los Andes. Relacionarlas espontáneamente era inevitable, sobre todo cuando se confirmó que solo en tres comunas de la capital -Vitacura, Lo Barnechea y Las Condes- había ganado la opción Rechazo, justamente la zona en donde reside la mayor parte de la élite nacional, el grupo indagado por el estudio. Las tres comunas conforman un enclave de prosperidad en donde habitan chilenos y chilenas cuyas condiciones de vida son, según los más variados índices, muy diferentes a los del resto del país, o dicho de otro modo, ciudadanos cuya experiencia cotidiana difiere tanto de la que tiene la mayoría, que sus percepciones sobre aquellos que habitan más allá de los límites de sus barrios están conformadas por ideas difusas, aproximaciones inexactas mezcladas con proporciones variables de temor, culpa, desdén, franca ignorancia y compasión. Lo que menos cunde allí es la curiosidad por lo que ocurre más abajo.

El estudio sobre las percepciones de la élite adelantó los resultados del plebiscito de una forma oblicua, mal que mal la mayor parte de los encuestados para ese análisis, quienes toman las decisiones políticas y económicas, reside justamente en esos barrios. También son los vecindarios de origen de gran parte de las voces encargadas de interpretar la realidad en paneles, entrevistas y reportajes difundidos por los medios de comunicación. La representación y contextualización mediática de los hechos y sus consecuencias, incluso los diagnósticos elaborados por quienes suelen ejercer como expertos en el devenir social y cultural, han sido construidos desde la percepción preponderante de los habitantes de las comunas en donde triunfó la opción Rechazo. Aquello que resulta coherente para quienes viven en ese universo, suele ser tomado como cierto, incuestionable, natural o sensato. Si ellos creen que Chile es un país de clase media, pues entonces no hay nada más que decir. Si desde su perspectiva la crisis actual es fruto de una polarización que tiene a la sociedad partida en la mitad, es que efectivamente debe ser así. Por el contrario, lo que provoca sospecha, sobre todo en el discurso habitual de la televisión, es la mirada crítica etiquetada usualmente como “marginal” en tanto “opinión sesgada” o “ideológica”, aunque se sostenga sobre argumentos sólidos o sencillamente describa un escenario compartido. Eso explica que mientras en los medios se hablaba una y otra vez de “polarización”, como quien agita una bandera, en los hechos esta no era tal: cuando una opción se impone por casi el 80%, lo que hay es una abrumadora mayoría que llama a un cambio en la distribución del poder, es decir, lo contrario a una sociedad polarizada. Otra cosa muy distinta es que esa gran mayoría desconfíe de unas instituciones que la han defraudado una y otra vez o que el sistema político haya sido incapaz de gestionar las nuevas demandas.

Lo que tenemos en Chile no es una polarización social, sino un apartheid velado de baja intensidad, que fabrica realidades paralelas para evitar que se debata francamente cuán profundas son las raíces de una desigualdad llevada al extremo de lo insostenible. La buena noticia es que pese a todo, la ciudadanía, ese ancho mundo que la élite apodó “la gallada”, “la galería” o “la señora Juanita” cuando imperaba el entusiasmo concesionado de la primera década del dos mil, ha demostrado creer más en la democracia de lo que muchos expertos apostaban desde el otro lado de la brecha.

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