Un comienzo, no un desenlace

Sebastián Piñera



La relación con los partidos fue una debilidad del primer gobierno del Presidente Piñera y, si las cosas marchan como se espera, debiera ser una fortaleza del segundo. Después de todo, la vida algo enseña. Se lo enseñó al Mandatario y algo de eso también deben haber aprendido los partidos. Cuando hay tensiones entre el gobernante y su coalición todos pierden y cuando el 2013 el sector se dio cuenta de eso, bueno, ya era demasiado tarde.

Hay muchas razones para entender lo que ocurrió entonces. No obstante haber presidido RN en el pasado, el Presidente nunca fue lo que se llama un político de orgánicas. Y si bien nunca sacó patente de díscolo, siempre prefirió ir más bien por la libre y eso explica que haya querido imprimir un cierto sello apolítico a los inicios de su gestión. Si fue eso u otro motivo lo que malogró sus relaciones con la directiva de RN que encabezaba Carlos Larraín es discutible. Lo que nadie puede discutir, sin embargo, es que el conflicto fue escalando con el tiempo hasta volverse inmanejable. En la práctica eso significó que esta colectividad a veces pareciera haber tenido un pie en el gobierno y otro en la oposición. Y redundó en el efecto más impensado de todos: Piñera, que había sido por años la bestia negra de la política chilena para la UDI, terminó teniendo con la colectividad de la calle Suecia relaciones mucho más fraternas que con el que había sido su propio partido.

No se arriesga mucho diciendo que las culpas del desencuentro estuvieron repartidas. Ciertamente faltó química personal entre Piñera y Larraín. Faltó sensibilidad política en La Moneda para asegurar la lealtad de un partido aliado que no hubiera sido difícil conseguir con razonable interlocución. Y faltaron también los afectos y confianzas mutuas sin los cuales hasta la idea de una coalición es imposible. Aunque Piñera llamó a muchos militantes de RN a colaborar con él, casi siempre se saltó a la directiva, y ese desaire institucional le generó problemas y terminó costándole caro a él, al partido, al sector y quizás también al país. Fue cosa de verlo en la irrelevancia política en que quedó la derecha al terminar su gobierno el 2014.

En principio, al menos, ahora todo será distinto. La alianza de centroderecha hizo en su travesía por el desierto lo que nunca había hecho en su historia -ponerse de acuerdo- y obtuvo un triunfo político de proporciones en las municipales del 2016. Fue un gran hito y Piñera se ha dado esta vez el resguardo de subir a Chile Vamos al barco de su gobierno desde el primer momento. Entre el primer gabinete que designó el 2010 y el de ahora no hay punto de comparación. Todos, los de entonces y los de ahora, son hombres y mujeres de confianza suya, es cierto, pero esta vez el peso político y la experiencia de los nuevos ministros hace la gran diferencia. Con pocas excepciones, se trata de gente que tiene domicilio político conocido. Y, con pocas excepciones también, la gran mayoría de las nuevas designaciones proviene del espectro de la derecha pura y dura.

Lo que eso pueda significar en la actualidad, claro, es otro cuento. Si hay algo que se hizo patente en los últimos años es que la centroderecha dejó de ser la fuerza monolítica que fue hasta hace una década. Hoy convoca a sectores conservadores, pero también liberales, a herederos de los Chicago Boys y gente de la derecha popular, a socialcristianos y agnósticos, a nacionalistas y libertarios. Si se revisan los nombramientos, hay pocos que sean tibios o tengan dudas sobre el valor de la política. Lo cual se corresponde, a su vez, con el propósito de generar, a partir de la oportunidad que entraña este gobierno, una plataforma política amplia que le permita a la coalición proyectarse en el futuro. Si van a ser cuatro, ocho o 12 años, el tiempo lo dirá. Mejor ni explicitarlo para ahorrarse el ridículo. La sociedad chilena es demasiado líquida para pensar en pirámides. La intención, en todo caso, es que esto no sea un paréntesis. Quiere ser un comienzo, no un desenlace.

Todo dependerá, por cierto, de cómo se hagan las cosas. Los partidos están expectantes y sienten que, aparte de la hora del Presidente, que corrió como nunca antes las fronteras electorales del sector, también es la de ellos, que estuvieron por debajo de eso. La UDI, al margen de tener varias definiciones pendientes y de no estar en su mejor momento, tiene sus aspiraciones y está muy en deuda en materia de liderazgos. RN, ahora el mayor partido político chileno, tendrá que convertir en ventaja lo que puede ser un problema: su heterogeneidad, su laxitud ideológica, sus vacíos doctrinarios. Evópoli es una promesa de renovación liberal que tendrá que probarse en la cancha. Y hay varios grupos en el sector -intelectuales, regionalistas, de acción social, de la sociedad civil- que también esperan turno. Cuál más cuál menos, todos van a querer participar del relevo y calificar en lo que pueda venir después. Y eso, que podría tensionar la unidad del sector, también puede ser un factor para expandir su energía y convocatoria. Pasó la hora de los llaneros solitarios. A ver si la derecha aprende lo que la izquierda olvidó: que los partidos importan mucho, aunque lo que en realidad el país compra son grandes coaliciones.

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