¿Cómo perder un plebiscito?

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La pregunta del plebiscito vinculante sobre los acuerdos de paz en Colombia, de octubre de 2016, no podía ser más sesgada: "¿Apoya el acuerdo final para la terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera?" El fraseado expresaba un sentido común y políticamente correcto que, en teoría, hacía improbable que los colombianos negasen ese horizonte pacífico prometido. De hecho, las encuestas previas al día del plebiscito daban por ganador al "Sí" (propuesta que, como se recuerda, fue alentada por el gobierno de Juan Manuel Santos, amplios sectores políticos domésticos y la comunidad internacional). La última encuesta, de Ipsos, otorgaba al Sí un 66% y al No un 34%, con un margen de error de 3,5%. Mas, los resultados sorprendieron a propios y a extraños: el No (50,2%) se impuso al Sí (49,8%). ¿Cómo fue posible que los promotores del Sí perdieran una consulta que, en el papel, aparecía como un triunfo fácil?

Colombia era entonces un país polarizado -quizás lo sea aún- y la consulta plebiscitaria terminó de dar forma a esa división. Pues, superponiéndose a los argumentos de apoyo o de detracción a la pacificación, jaloneaban otras causas más estructurales: desde valores sociales hasta identidades negativas aglutinantes de posicionamientos ideológicos. Quienes votaron por el No, rechazaron los Acuerdos de La Habana, pero también se opusieron a temas tan diversos como "la ideología de género" o "la intervención castro-chavista". La clase política que promovió el No, tuvo éxito en crear un marco discursivo que disputó la corrección política sobre el Acuerdo y que enganchó con otras preocupaciones de los colombianos. El liderazgo del ex presidente Álvaro Uribe, en su mejor momento de popularidad como opositor, fue clave para este enmarcado.

Un escenario comparable se erige en Chile con el plebiscito nacional convocado para el 26 de abril. En el país, como otrora en Colombia, una de las alternativas, más allá de tener o no la razón, se erige con altura moral sobre la otra. La que incita a "Aprobar" una nueva Constitución tiene detrás todo el apoyo social de las movilizaciones disruptivas, sostenidas desde octubre. Ostenta la potestad políticamente correcta: reclama, ante una clase gobernante insensible, las consecuencias de haber construido un país desigual. Aunque el apoyo a esta posición ha decaído levemente, las encuestas siguen recogiendo un respaldo mayoritario (72%, según CEP).

Frente a tal ánimo, ¿podrían los representantes del "Rechazo" replicar el modelo "uribista" y fabricar otra sorpresa en las urnas? Muy difícil. La ausencia de liderazgos políticos con arrastre es notoria (la popularidad de Piñera sigue en un dígito). A ello, se suma la incapacidad de los promotores del Rechazo de vincular temas estructurales a su postura sobre la consulta constitucional. Si bien la necesidad de orden y de cese de la violencia han logrado asimilarse a la contumaz defensa del modelo económico y empiezan a sumar respaldo, asoman aún insuficientes para granjearse a la mayoría.

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