Competitividad minera e impuestos

KGHM, minería, cobre

La intención de algunos sectores por gravar con nuevos tributos a la minería ante el mayor precio del cobre no debe partir del supuesto de que la inversión minera está asegurada.



El precio del cobre parece encaminarse por sobre lo que se anticipaba hasta hace pocas semanas. Esto es muy positivo en términos de estímulo a la actividad y el empleo, y de apoyo a las finanzas públicas cuando Chile, enfrentado a un horizonte de déficit fiscal, ya ha experimentado rebajas en su clasificación de riesgo como deudor soberano.

La incipiente mejor expectativa económica, aun cuando incierta y a partir de una situación de mucha vulnerabilidad como muestran las fluctuaciones financieras globales de estos días, ya ha llevado a algunos sectores a proponer el aumento de impuestos a la minería. Dichas propuestas parecen derivar de una caracterización de nuestra economía como esencialmente estructurada en torno a la explotación de recursos naturales como la minería, y que, en esa visión, generan tales rentas que aún después de impuestos mucho mayores seguirían siendo atractivos para los inversionistas.

Pero la realidad es diferente. La minería chilena genera un porcentaje del PIB similar al correspondiente a Comercio, Hoteles y Restaurantes, y que es algo parecido a la quinta parte de lo que produce el conjunto de sectores productores de servicios del país. También, la noción de tasas de retorno muy elevadas en la minería debe ser ponderada. Si bien es cierto que los pagos al capital son una proporción alta del valor agregado en la minería, ello refleja lo que ocurre en los proyectos que han resultado exitosos. Desde el punto de vista del atractivo para invertir en minería lo relevante es incluir también como costo el de las exploraciones fallidas. Lo que ignora entonces la noción de que excedentes elevados pueden ser sujetos a mayores impuestos sin inducir el cese de la faena, es que esos excedentes elevados en buenos tiempos, junto a excedentes reducidos en épocas de precios bajos deben, en conjunto, generar estímulos para un ritmo de exploración capaz de alumbrar nuevos minerales y sostener la actividad en el tiempo.

Desde esta perspectiva es interesante considerar el último informe del Fraser Institute, que ha elaborado por 20 años un índice mundial de “Atractivo de la Inversión Minera”. Este índice da un 60% de ponderación a los resultados de un índice de “Potencial Minero”, basado solo en consideraciones geológicas, y un 40% de ponderación a los resultados de un índice de “Percepción Política”, basado en opiniones sobre el contexto de políticas e instituciones económicas y sociales en que se desarrollaría la inversión minera en cada jurisdicción.

El informe 2020 dice que Chile ha descendido más de 20 puestos en dos años en el ranking mundial de “Atractivo de la Inversión Minera”, llegando al lugar 30 entre 77 jurisdicciones. Esta caída deriva de una reciente pérdida de ocho posiciones en el índice de “Percepción Política”, junto a una caída de más de 25 posiciones en el ranking de “Potencial Minero”. Lejos de validar la noción de un país que tiene la inversión minera asegurada, y más allá de que existen compromisos tributarios del país con los inversionistas mineros que deben ser considerados, el informe del Fraser Institute debería estimular una reflexión serena y con visión de largo plazo sobre cómo asegurar que la minería chilena continúa aportando en forma significativa al país.

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