Concepción y la gran deuda con el Patrimonio

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Arco de Medicina de la Universidad de Concepción. Foto: Esteban Paredes


Concepción tiene una gran deuda con Chile. Es una de las ciudades que presenta mayor atraso en el país en términos de resguardo y puesta en valor de su patrimonio. Mientras ciudades como Iquique, La Serena, Valparaíso, Santiago, Chillán o Punta Arenas, han generado planes o férreas defensas −entendiendo que el patrimonio nos une con las generaciones previas y venideras, constituyéndose como un agente clave de nuestra comunidad, identidad y desarrollo− Concepción es una de las ciudades con menos patrimonio protegido, donde sólo destaca el esfuerzo de la Zona Típica del Universidad de Concepción, que incluso dejó fuera emblemáticos edificios como el reconocido "Plato".

Concepción cuenta con más de 120 edificios de arquitectura moderna, que se construyeron luego de los terremotos de Chillán en 1939 y de Valdivia en 1960. La ciudad se transformó en uno de los focos de desarrollo de esta corriente, siendo uno de los principales lugares del país para ver estas obras. Pero a diferencia de lo que ocurre en ciudades similares, como Brasilia o Tel Aviv, estos edificios no se consideran un activo, más bien siguen en el olvido y el consecuente peligro. De hecho, recientemente se han hecho públicos dos proyectos que dañan este patrimonio.

El primero es en el Colegio Inmaculada Concepción. El inmueble cuenta con dos edificaciones que reflejan las dos etapas de la arquitectura moderna en Chile; uno es del arquitecto Jorge Rivera y el otro es de Emilio Duhart, Roberto Goycolea −ambos premios nacionales de arquitectura− y Hernán Alcalde. El nuevo proyecto instalaría en el interior del establecimiento dos torres de veinte pisos.  Se mantendría parte de la fachada del colegio, pero se demolería el interior, perdiendo así la oportunidad de preservar la infraestructura y darle un nuevo uso que aporte a la ciudad −e incluso sea igualmente rentable− como se ha logrado con otros proyectos patrimoniales, por ejemplo, el Patio Bellavista o la Estación Mapocho en Santiago.

El segundo proyecto es en la Remodelación Paicaví, uno de los conjuntos habitacionales modernos más grandes e importantes de Chile, desarrollado en 1964 por el grupo TAU, compuesto por los arquitectos Julio Mardones, Gonzalo Mardones, Jorge Poblete, Sergio González y Pedro Iribarne. El diseño original incluía un terreno de áreas verdes, que desde entonces ha sido usado por los vecinos como espacio de esparcimiento. Pero ese sitio era propiedad de SERVIU, entidad que recientemente lo vendió a un privado para instalar −según ha trascendido− una automotora, es decir, un proyecto que no dialoga con la Remodelación y les quita a los habitantes un importante espacio comunitario.

De concretarse ambos proyectos, la pérdida para Concepción sería irreparable: el Colegio Inmaculada Concepción y la Remodelación Paicaví son fruto de su historia, conforman su identidad, han sido factor de desarrollo −armónico y sustentable− para la urbe y pertenecen a la comunidad. La Dirección de obras de la municipalidad argumenta que lo que prima es el cumplimiento de la normativa, pareciendo olvidar que, más que velar por la correcta burocracia, la función primera de cualquier autoridad es velar por el bien común. Las chilenas y chilenos han constatado que la valoración del patrimonio es trascendental. Prueba de ello es el Día del Patrimonio, la iniciativa cultural masiva más importante el país, que celebra los bienes tangibles e intangibles de nuestra identidad con más de 1.500 actividades en todo Chile. Entonces, ¿es suficiente la norma para planificar nuestras ciudades o para defender nuestra identidad? Con este tipo de situaciones, no sólo pierde la comunidad del Colegio Inmaculada Concepción o la de la Remodelación Paicaví. Tampoco sólo Concepción. El que pierde es todo Chile.

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