Constitución: el texto y el contexto




Por Rafael Sousa, Máster en Ciencia Política UC y socio en ICC Crisis – Comunicación y Asuntos Públicos

La Convención se encuentra en serio riesgo de que su propuesta sea rechazada en el plebiscito de salida, algo que al principio del viaje parecía improbable, dado el ánimo de cambio que la ciudadanía ha expresado elección tras elección desde 2020. Hemos llegado a este punto por muchos motivos, pero fundamentalmente porque buena parte de los convencionales ha perdido de vista que el 4 de septiembre las personas votarán no solo por un texto, sino también por el curso que ha tomado el proceso de cambio iniciado en 2019, al que una abrumadora mayoría adhirió en un comienzo.

Pero esa mayoría se esfumó. Los responsables de esto -los convencionales cuyos excesos de forma y fondo han minado la confianza en este órgano- ahora le piden a la ciudadanía olvidar lo que han presenciado durante más de diez meses y atender exclusivamente a lo escrito en el borrador. Esta es una solicitud equivocada y abusiva, que reduce la Constitución a una especie de contrato de adhesión.

El texto tiene un contexto, y nadie puede pretender que las personas lo evalúen como si éste existiera en el vacío. Es legítimo y razonable que la ciudadanía forme su opinión tanto en base al texto como a su interpretación sobre las motivaciones e intenciones con que actúan los protagonistas de este proceso. Quienes eligieron terminar con la actual Constitución en 2020, probablemente no leyeron su contenido antes de definir su voto, pero eso no invalida en nada su preferencia. Tal exigencia sería impracticable. Fue suficiente que una gran mayoría identificara la Constitución con un orden que querían cambiar, tal como ahora una mayoría en formación ve en el Rechazo una alternativa para frenar el nuevo orden que se está ofreciendo.

En esto, el contexto es más relevante que el texto. La esfera pública siempre es dominada por aquello que tiene fuerza, no necesariamente por lo que es mayoritario. En la Convención, quizás, la sensatez es mayoritaria respecto del exceso, pero la fuerza estuvo en el exceso y fue ese rasgo el que marcó su identidad. ¿Las noticias falsas sobre la Convención? Ciertamente hubo, hay y habrá muchas, pero el efecto que producen se debe fundamentalmente a que este virus encontró un cuerpo con las defensas debilitadas producto de la desconsideración por la prudencia, que por siglos ha demostrado ser el mejor nutriente del sistema inmune institucional.

Los excesos de forma, desde el voto en la ducha hasta Rojas Vade, han debilitado a la Convención. Pero no tanto como los de fondo, desde la declaración por la libertad de los “presos de la revuelta” y “presos mapuche”, hasta las iniciativas para reducir al mínimo la participación del sector privado en la economía. Demasiados constituyentes eligieron hacer de la Convención la fase institucionalizada de una supuesta revolución, basados en una idea distorsionada de justicia, en que una serie de instituciones debían ser sacrificadas para permitir que emergiera una sociedad buena. Muchos de estos sacrificios no se materializaron, pero despertaron en la ciudadanía la razonada incertidumbre sobre qué objetivos perseguirán sus promotores, u otros parecidos a ellos, a partir del 5 de septiembre de ganar la opción Apruebo.

La Convención, llamada a procesar el conflicto, terminó por exaltarlo. Hoy el resultado del plebiscito es incierto, tanto como lo es el futuro de Chile. En este escenario, nadie puede pedir a los votantes que separen la obra de sus autores.

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