Constitucionalismo Pop



No hace mucho, la demanda predominante era “marcar AC”. Le seguirían: autoconvocatorias locales, paridad de género, plebiscito, hoja en blanco, y cupos reservados étnicos-el gota a gota que iniciara Bachelet. Ahora último reclaman cuotas para evangélicos, sufragio “por grupo” o “afinidad identitaria”, voto adolescente, incluso procesos constituyentes paralelos (por qué no, el que acaba de comenzar despierta suspicacias y, desde ya, se le quiere superar). Es decir, el desmadre a carta cabal.

El fenómeno recuerda la metástasis exponencial generada por el Pop Art y derivados desde los años 50 y 60 a nuestros días. No se me malentienda, no es que con esta analogía yo pretenda elevar nuestras demandas demagógicas a la calidad de arte, sino que la presente excitación trae a la memoria los happenings, performances en que no hay guión y trama, “las cosas simplemente pasan” (claro que la tramoya escénica se trabaja antes meticulosamente). El gusto por lo chillón popular entraña también cierta afinidad vindicativa rabiosa, antielitista entonces y ahora. No existen desde aquella época otros gustos que los banales y consumistas (vaya qué coincidencia más neoliberal), por tanto, por qué no parodiar (nada más Pop) y terminar con semejante atracción fatal. De ahí que resulte hipnótico aunque sórdido ver incendiar supermercados donde se va a comprar y robar. Lo que es arrasar iglesias, ni digamos parroquias de barrio, encandila. Me lo puedo imaginar: serigrafías de una explosión atómica en algún atolón perdido del Océano Pacífico o la imagen de una silla eléctrica vacía, en un home studio de 25m2, gusto millennial, su dueño no menos fascinado con el Chile Pop, allá afuera.

Podría seguir con el listado, pero es evidente lo que se espera. Según Andy Warhol, “en el futuro todos seremos famosos por 15 minutos”, y así es como Chile quiere que se le vuelva a recordar: de nuevo etiquetado como un “test case”, aunque ¿tenemos conciencia de que estamos siendo nostálgicos de los 60 y 70, una época terrible? Susan Sontag dio con lo patético de este cuento cuando criticó al temprano Pop Art: “etiquetar es el perenne sustituto humano de pensar”.

El otro problema con seguir pegados a lógicas del Arte Pop es que este movimiento pone fin al arte (Arthur C. Danto no es el único en sostenerlo). Transfigura, en el sentido bíblico de volver radiante lo común y corriente-envases de Coca Cola, inodoros, heces, cosas así-a la vez que degrada significados sacros o tenidos por elevados, desde luego, el arte mismo. De ser válida la tesis, cabe preguntarse si nuestra “Minga de todos” promocionada con tanto entusiasmo, terminará con el derecho; la anarquía en el entretanto cunde. Nuestros constituyentes podrán ser un chiste, años luz de los artistas del Arte Pop, sin embargo, en Chile hacen y deshacen.

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