Coronavirus y macrocefalia: aquí puede ser peor que Europa

Funcionarios de la policía de Guayaquil, en Ecuador, con ataúdes de cartón, diseñados para paliar la gran cantidad de casos por coronavirus que hay en la ciudad. FOTO: AFP



La hacinada población urbano-marginal de las grandes urbes de América Latina presenta las condiciones adecuadas para acelerar la propagación del Covid-19. Millones de personas circulan diariamente apretujadas en buses y trenes, y luego se apiñan en viviendas minúsculas, sin posibilidades reales de aislamiento efectivo. Además, muchas de ellas pertenecen a la economía informal, y dependen de su trabajo diario para subsistir: en caso de cuarentena obligatoria, no podrán asegurar el acceso a buena alimentación, con lo cual, su sistema inmune se debilitará. De este modo, se generan las condiciones para la tormenta perfecta.

Es verdad que América Latina tiene dos ventajas sobre Europa: la población es más joven, y la pandemia llega con dos meses de atraso. La juventud significa mejores condiciones físicas para enfrentar al virus; y el retraso temporal permite contar con información más clara y también ofrece la esperanza de acceder a eventuales medicamentos y vacunas. De todos modos, estas dos ventajas pueden eclipsarse por el problema del hacinamiento en las grandes ciudades.

América Latina es más vulnerable a la pandemia por su tendencia a concentrar la población en grandes ciudades, en lugar de distribuirla de forma más equilibrada a lo largo del territorio. La alta tasa de contagiosidad del Covid-19 se potencia con el hacinamiento de personas, lo cual ocurre principalmente en las megaurbes latinoamericana.

El gran problema del Covid-19 es su facilidad para propagarse por cercanía entre personas. Por este motivo, los epidemiólogos reclaman medidas de aislamiento, para evitar los contactos y presionan a los gobiernos a tomar medidas restrictivas. La imposición de cuarentenas está causando cada vez más problemas a la economía. Miles de empresas caen en quiebra y sus trabajadores quedan sin empleo y sin posibilidades de conseguir otro trabajo. A ello se suma la economía informal que, en América Latina, oscila entre el 30 y el 40%. Se están cortando las cadenas productivas y ya se asoman problemas de abastecimiento de las ciudades.

En América Latina la situación se complica todavía más por un problema subyacente: la macrocefalia. La sumatoria de políticas públicas y prácticas privadas han generado un modelo de concentración de la población en grandes urbes: México DF supera los 30 millones de habitantes; San Pablo llega a 25; Buenos Aires está en 15; Lima tiene 10 y Santiago 7. En la mayoría de los países de América Latina, la capital concentra un tercio de la población total del país (Argentina, México, Perú, Chile, Uruguay, entre otras).

Una mujer en Buenos Aires, Argentina, el pasado 2 de abril. FOTO: AP

Esta concentración monstruosa no existe en Europa. Madrid tiene 4 millones, menos del 10% de la población española; Roma tiene 4 millones, apenas el 7% de la población italiana. Ambos países han distribuido la población nacional de un modo más equilibrado a lo largo de sus territorios. En cambio, en América Latina, no hemos tenido esa precaución. Con una irresponsabilidad notable, hemos permitido que nuestras urbes crezcan hasta niveles monstruosos. Ello genera muchos problemas en la vida cotidiana, como aumento de la polución, estrés, costos de vivienda, hacinamiento y criminalidad. En caso de pandemia, estas externalidades negativas potencian la propagación del virus.

En las grandes megalópolis, el transporte público reúne en un mismo espacio a millones de personas cada día para ir a trabajar y estudiar. Los buses, micros y trenes son cajas mortales, en las cuales es imposible guardar las distancias requeridas para evitar la propagación del virus. Las personas viajan totalmente apretujadas, como en un camión ganadero. Allí se encuentra el punto crítico. Los trenes y buses son los principales aceleradores de la pandemia.

Las autoridades de los países latinoamericanos tienen consciencia de estas amenazas, y ya están buscando soluciones desesperadas. En México, el gobierno de AMLO ha invertido tres millones de dólares para levantar un hospital inflable para atender a los infectados y evitar la llegada del coronavirus a la red de hospitales públicos. En Argentina, el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicilof ha expresado su preocupación por la llegada de la enfermedad a las barriadas urbano-marginales del tercer cordón del conurbano, donde las condiciones de hacinamiento son ideales para multiplicar contagios. En Santiago, los alcaldes de los municipios más populares, como Puente Alto y Maipú, expresan la ansiedad de sus poblaciones vulnerables.

Las autoridades políticas y sanitarias deberán trabajar mucho y bien para enfrentar la pandemia mundial en circunstancias particularmente adversas. En las grandes megalópolis de América Latina el desafío va a ser realmente mayor que en Europa. Si no ocurre algo inesperado, como la llegada de vacunas o medicamentos eficaces, es posible que el impacto de la pandemia sea todavía más letal que en Europa. Las autoridades tendrán que trabajar mucho y bien para proteger a la población.

Paralelamente, es importante tomar consciencia del garrafal error que hemos cometido al tolerar este modelo monstruoso de desarrollo. Es urgente que, después de la crisis, en el nuevo debate pos-pandemia, se incluya en un lugar central la prioridad absoluta del desarrollo de las regiones del interior del país, con vistas a promover múltiples polos de desarrollo y revertir la Macrocefalia actual.

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