Crimen, Cachagua, Capitolio

Fiesta clandestina en Cachagua



Por Pablo Ortúzar, investigador del IES

Tres hechos capturan mi atención: uno es el asalto fascista a la sede del legislativo estadounidense. Otro es la crisis sanitaria en Cachagua producida por fiestas de Año Nuevo de jóvenes del barrio alto santiaguino. El último es el asesinato a tiros de un civil y un policía en La Araucanía. Pienso en la banalidad de cierto mal. Lo absurdo de la turba enfurecida. La suave idiotez de los privilegiados festejando. El ridículo de que una reivindicación étnica se convierta en pantalla para el narcotráfico. Leo la biografía de la veterana de la aviación abatida por la guardia del Capitolio. Tenía mi edad. Sirvió 14 años en el ejército, en varios frentes. Sacrificó mucho más por otros que la mayoría de nosotros. Pero ahí estaba, asaltando un pilar de su país, movida por teorías conspirativas delirantes.

Pienso en las fiestas masivas. ¿Es posible que estos jóvenes con buenos seguros de salud pagados por sus padres no vean problema en contagiarlos y matarlos? ¿Sus abuelos? ¿La gente sin esos seguros? ¿El colapso de los servicios? ¿Y esos mismos padres, que también pagan el veraneo, dónde están? ¿Qué piensan de ellos mismos al mirar a sus hijos?

Trato de poner las cosas en perspectiva. No es fácil. La imagen del mundo que portamos es un mapa frágil, cuyos trazados debemos revisar todo el tiempo para que no sean reemplazados por las gruesas líneas de la estupidez exculpante. Los defensores de la violencia octubrista y el nietismo funista que juegan con el fuego del fascismo pensando que no se pueden quemar. Ilusión que les impide verse en el espejo trumpista. Lo mismo el mapuchismo estético que sigue gritando “autonomía, autonomía”, aunque el narco prepare un yugo nuevo para el abusado pueblo.

Pienso en Chile y los chilenos. En nuestra tendencia a la inmoralidad. A considerar verdadero y bueno todo lo que nos conviene, mientras convenga. Nuestra falta de respeto por la razón, que imaginamos como astucia litigiosa al servicio del interés particular. La relación infantil con la autoridad, a la que culpamos de nuestros actos por no vigilarnos lo suficiente. El imperativo categórico chileno: “Compórtate como querrías que otros se comportaran si estuvieran siendo fiscalizados”.

Pondero el argumento contra las élites. Nuestras clases acomodadas tienen más privilegios que los que su conducta y educación justifican. Somos, en gran volumen, burgueses predicadores de la meritocracia viviendo en los restos de una estructura social estamental de justificación aristocrática. Pero el problema no es solo ese. Estados Unidos tiene mejores élites, y aun así, el horror. Hay distancias que corrompen.

Por otro lado, hay más similitud entre las élites y el mundo popular de la que ambos querrían (todos hacen fiestas clandestinas, todos consumen cada vez más droga que empodera al narco). De ahí el dicho de que cada país tiene la clase dirigente que se merece. Pero también la pregunta de Los Prisioneros: “¿Por qué los ricos tienen derecho a pasarlo tan bien si son tan imbéciles como los pobres?”.

Mi imagen del mundo se oscurece. 30 pesos, 30, 3 mil, 30 mil años. Me sumerjo en un lago. Floto mirando hacia el cielo. Estoy casi seguro de que alguno de los primeros Sapiens hizo lo mismo.

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