Dando cara



La izquierda hace bien en temer a José Antonio Kast. Pero no parecen comprender la profundidad del problema en que están metidos, porque hace mucho que ya no piensan ni aprenden. Por eso salen a combatirlo con dibujitos de Pictoline, escupos y patadas. Por eso la turba que lo agredió en Iquique se sentía exultante en el momento en que lo cubrían de legitimidad sacrificial. Por eso el Frente Amplio sacó una declaración justificando tibiamente la agresión y luego la borró.

Piensan que Kast nació ayer. Que no carga con lecciones históricas. Que no tiene una estirpe política. Piensan que basta reírse de que sea rubio, gritarle "nazi", adjudicarle todo el rosario de "algofobias" y tirarle unas patadas para exorcizarlo. Piensan que no está jugando en serio. Que lo van a asustar o avergonzar. Que, al final, ellos ya ganaron porque están "en el lado correcto de la historia". ¿Por qué se expone así? ¿Por qué va a meterse a la boca del lobo? No tienen idea. Por eso se ríen.

Lo que no saben es que Kast no inventó la estrategia que ejecuta. Lo que Kast está haciendo es aplicar la fórmula ganadora que Jaime Guzmán utilizó en las poblaciones de Santiago durante los ochenta, con la ayuda de su hermano, Miguel Kast. Poblaciones que siempre fueron de izquierda, cuyos nombres, borrados por la dictadura, remitían a Cuba y a Vietnam. Poblaciones donde al principio los recibieron con escupos, piedrazos y tiros. Y en las que, al final, la UDI se hizo fuerte y su radical anticomunismo, popular.

Esta visión de un partido de derecha popular anticomunista Guzmán tampoco la inventó. La tomó de otro José Antonio, español, apellidado Primo de Rivera. Un discípulo de Guzmán me dijo una vez que el asesinado senador era "un primorriversita consecuente". Y Kast es, a su vez, un guzmanista consecuente, a diferencia del mediocre y dudoso raspado de olla que predomina hoy en la UDI.

Las universidades de hoy son las poblaciones de ayer. Ahí está el caldo de cultivo político. Y Kast está decidido a meterse en los cotos de caza de la izquierda. La reacción violenta de sus enemigos le es totalmente funcional: confirma exactamente la descripción que Kast hace de ellos, lo legitima como víctima, le da un tremendo eco mediático y demuestra que esas instituciones están hoy tomadas por patotas militantes. Basta, por ejemplo, ver la cómica carta de los "funcionarios académicos" de la Arturo Prat, justificando la agresión. Por último, la izquierda política se fragmenta ante estos hechos de barbarie: algunos condenan, otros justifican un poquito, otros aplauden, y así.

A la estrategia guzmaniana Kast le suma elementos comunicacionales de última generación, tomados de la derecha popular estadounidense o "Alt-right". Y el resultado que va urdiendo es una voluntad rebelde de derecha. Una mística militante. Un antisocialismo del siglo XXI. Una plataforma sobre la que dentro de poco el líder repetirá "nos odian porque nos temen, y nos temen porque nos saben irreductibles". Y será cierto.

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