Del sentimiento trágico de la vida

Personas hicieron fila a las afueras de la sucursal AFC, ubicada en calle Miraflores, para cobrar su seguro de cesantía, Santiago.



Miguel de Unamuno escribió su obra más importante bajo este título, estudiando al hombre concreto de “carne y hueso”, con todos sus problemas íntimos, sus angustias y su preocupación agobiante por la muerte. Al releerlo, vemos que la pandemia que afecta al mundo y a Chile muestra descarnadamente nuestra propia tragedia, esto es, una epidemia funesta que provoca dolor y sufrimiento, desesperación y desestabilización de las economías.

Nuestras autoridades han tomado medidas acertadas y prudentes, aunque debe tenerse en consideración que faltan adecuadas facilidades para el sustento básico de bienes imprescindibles, como alimentos y remedios. Parece algo absurdo que haya que pedir un permiso para pasear a la mascota de la misma forma que para adquirir el abastecimiento de la familia. Una burocracia poco inteligente, pero en la dirección correcta. Italia, en el otro extremo, es un ejemplo patético de desorganización y apatía de las autoridades. Ya es sabido que muchas personas saquearon locales de abastecimiento e incluso atacaron a personas que ya habián comprado sus bienes. Actúan como seres famélicos y lastimados acuciados por el hambre.

Por ahora estamos lejos de eso; hemos visto que contamos con autoridades competentes y dedicadas con toda su capacidad, a la vez que con héroes silenciosos que están poniendo su propia vida en peligro y entregando lo mejor de sí mismos, médicos, enfermeras, auxiliares de salud, por un lado, y también aquellos que prestan servicios básicos en la provisión de necesidad esenciales. Otros, sin embargo, no merecen respeto, como los estudiantes de último año de medicina que decidieron una huelga para presionar a las autoridades a que se les suministraran protecciones especiales y distintas de quienes afrontaban su deber.

En este mismo contexto de brutalidad con sus semejantes hemos visto una resolución de la Dirección del Trabajo que autoriza a los empresarios a no pagar los sueldos a sus trabajadores, dejándolos en la indefensión. Al respecto -más allá de lo reprochable de esta decisión- las personas alejadas de sus lugares de trabajo involuntariamente esperan una reacción empresarial solidaria en orden a protegerlos a ellos y sus familias. No se trata de que los que pagan a sus empleados sean únicamente quienes tienen “espaldas” económicas para afrontar la situación y que los demás queden a su suerte. Se trata también de prestar las espaldas posibles. Todos, a la máxima altura de nuestra capacidad, estamos obligados a contribuir con quienes no son capaces de soportar un momento de ruina. En esta tragedia, resulta especialmente reprochable imaginar a un empresario sacando cuentas respecto a la rebaja de salarios únicamente para salvar utilidades. Más luego que tarde puede ser también víctima de su propia avaricia o codicia.

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