Democracia y superioridad moral

Foto: Agencia Uno.



El plebiscito en que un 78 por ciento de los chilenos decidió que una convención constituyente redacte una nueva Constitución sorprendió por lo amplio del resultado; la última vez que resolvimos algo equivalente en importancia y mediante el mismo mecanismo, en 1988, fue por un margen considerablemente más estrecho.

La victoria del Apruebo se repitió casi en todas las comunas del país, salvo en unas pocas, dentro de las cuales están las tres cuyos habitantes tienen mayor nivel de ingresos, lo que ha dado lugar a múltiples análisis y teorías. En estas mismas páginas, un columnista escribió sobre “la isla de la fantasía” y otro describió lo que sería un “apartheid de baja intensidad”. Sin duda, son dignas de análisis las razones que llevaron a los niveles socioeconómicos más altos a votar de manera consistente, cualquiera sea la comuna que habitan, en un sentido diferente al resto del país en esta ocasión.

Pero, lo que me resulta inaceptable es asumir que la diferencia no se debe a una distinta y legítima apreciación de lo que es mejor para el país, presumiendo que quienes votaron Rechazo -entre los que me cuento- lo hicieron, porque están desconectados del país real, porque buscan defender un status quo que los beneficia o, porque son un grupo privilegiado que ve los cambios como potencial amenaza a sus prebendas.

Plantear así las cosas no es más que una forma de subirse a un pedestal de superioridad moral, convirtiendo las elecciones en una lucha del bien contra el mal, de la justicia contra la injusticia. La democracia pierde así la esencia de su valor, que es constituir un procedimiento pacífico para dirimir, entre alternativas que se reconocen como equivalentes en legitimidad, distintas formas de organizar y resolver los problemas comunes.

Pero si las alternativas no poseen la misma legitimidad, si una opción representa la conexión con la realidad y la otra la mera insensibilidad de las necesidades ajenas, significa que el veredicto electoral solo es tolerable si vencen “los buenos”. Esto es lo que implícitamente hace Trump, cuando dice que reconocerá el resultado solo si él gana.

Por ello, el discurso que divide nuestra sociedad entre los privilegiados y los postergados, asociando esas categorías a las opciones políticas conduce a la violencia, porque es antidemocrático. Entonces, no es extraño que haya aumentado el nivel de amenaza a las autoridades de gobierno o que el ministro Briones haya sido insultado en la calle, a pesar de haber votado Apruebo.

Voté Rechazo, porque pensaba y pienso que era lo mejor para mi país, no tengo problema en sostener la racionalidad de mi posición ante cualquiera, a condición que respete mi opción como una de igual valor moral que la alternativa. Eso es la democracia.

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