Desafíos inminentes

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Viernes 15, 2.25 am. Parlamentarios y presidentes de partidos anuncian el "Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución".



Se vivió en estos días lo peor y mejor de la política y de la vida social. Esperanzas masivas que irrumpieron impetuosamente, violencias inimaginables, complicidades con ellas; violaciones a derechos humanos, instituciones degradadas, vejaciones y destrucción, desbarres del gobierno, falsedades intencionadas azuzando ese clima, organizaciones de autodefensa, maniobras desestabilizadoras contra el Presidente democráticamente elegido; saqueos y desmanes. Chile estuvo al borde del abismo. Eso fue lo que hizo salir a la superficie esa cuota de grandeza que en algún lugar de difícil acceso guardaba la política. El acuerdo constitucional trajo alivio. Casi 80% de chilenos lo apoya. Revalorizó a la política, que se hizo cargo, al fin, de su deber esencial: ocuparse de los asuntos comunes que conmueven a la "polis".

Es un acuerdo aún frágil. Firmantes: háganse cargo de su letra y espíritu. Aborden con urgencia las demandas ciudadanas que lo consolidarán. Pensiones mejores, salarios mayores, seguridad en su vida y su vejez, combate a desigualdades impresentables. El acuerdo constitucional es solo un camino. Se requiere autoridad de las instituciones para dar respuesta a demandas inabordables en la forma de pulsiones y emociones abigarradas que han tenido. Los despechados por su firma buscarán boicotearlo; irán cambiando discursos y pretextos, la violencia no desaparecerá por encanto.

La agenda social es condición de trascendencia para el acuerdo constitucional. Es la que más mueve a la ciudadanía. Y la de ahora, es más difícil que aquella exitosa de terminar con la pobreza de millones que legó la dictadura a la democracia.

El combate a la pobreza tuvo éxito. Explica los 20 años de continuidad concertacionista en el gobierno. Es mentira palmaria hablar de 30 años de frustración. Ese éxito hizo de la clase media, actor político central del país; y con ella, la desigualdad pasó a primer lugar en la agenda. Pero, a diferencia de la pobreza que se resuelve con la llave del crecimiento, combatirla exige redistribución; y en ella llevamos largos años de fracaso. Lo revela el desgaste final de la Concertación, la fugacidad del triunfo de la derecha el 2010, las decepciones desde temprano con Bachelet II traducidas en estampidas hacia Piñera y el Frente Amplio el 2018, la nueva decepción de las expectativas creadas por Piñera II. Vivimos ensoñados por el éxito de una etapa hace rato terminada, hasta que la impaciencia se hizo extrema.

A diferencia de la agenda social contra la pobreza, aquella contra la desigualdad, exige a unos ceder para distribuir mejor. No es un asunto de quitar para repartir. Son demasiados los fracasos en el mundo, que lo prueban. Es gestionar voluntades y realidades. Eso requiere una política y una empresa mejores que las de los últimos 10 años y también, recuperar sentido de los tiempos que las pasiones desechan.

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