Desbalance patriótico



Por Pablo Ortúzar, investigador del IES

La certeza científica opera con ritmos y criterios muy diferentes a los de la certeza política. El ensayo y error, la apertura crítica, la distinción analítica y la humildad epistemológica son parte constitutiva de la buena ciencia: un lustro en ese complejo mundo es un breve momento. La política, en cambio, es una lucha de liderazgos y convicciones de alto poder simplificador al ritmo de la opinión pública: una semana ahí es la eternidad. Sin embargo, la pandemia ha hecho colisionar ambas realidades, generando una crisis de mediación entre ciencia y política.

Desde el punto de vista científico, el conocimiento sobre el SARS-CoV-2 es sumamente limitado, a pesar de que, bajo sus propios criterios, se han hecho enormes y rápidos avances para comprender su funcionamiento y combatirlo. Basta mencionar que el desarrollo de una vacuna normalmente toma una década, mientras que hoy se apuesta por conseguir una en menos de dos años.

Desde el punto de vista político, en cambio, el ritmo de los avances científicos resulta desesperante y su nivel de complejidad inmanejable, especialmente en un contexto en que la opinión pública ha sucumbido a niveles de aceleración y polarización sin precedentes producto de su acoplamiento con las redes sociales. Ha sido imposible elaborar narrativas para procesar la crisis que sean fieles a los verdaderos niveles de ignorancia e incertidumbre existentes respecto al virus.

Hay muchos ejemplos de esta crisis de mediación en Chile: los medios y el gobierno han tendido a tratar la pandemia como si fuera un mundial de fútbol, comparando peras con manzanas, gritando falsos goles y generando expectativas insostenibles. Las élites de izquierda y derecha han combatido amargamente respecto a qué estrategia de país primermundista debemos copiar, mientras la prensa extranjera les recuerda que Chile no es  Burundi, pero tampoco Nueva Zelanda. Las retractaciones honestas por cambios en la información disponible son tratadas como errores o mentiras. Ni hablar de las polémicas sobre datos mortuorios, donde se oponen cifras obtenidas con métodos distintos, y se interpretan como si alguien “escondiera muertos”. Varios pseudo-divulgadores hablan con seguridad olímpica sobre lo que se debió hacer y culpan al gobierno de “matar gente”, cuando no estamos ni en la mitad del fenómeno. Y a todo esto se suma el sesgo de optimismo, que hace que los individuos tiendan a asumir como verdaderas las hipótesis no comprobadas que les resultan cómodas. Se reproducen, así, peleas y escándalos cuya intensidad es directamente proporcional a la incomprensión de lo discutido.

El déficit de confianza que hizo nata en octubre, la polarización de las élites y la discapacidad comunicacional del gobierno han hecho especialmente delicada nuestra situación. Minimizar el daño depende de un esfuerzo de mediación pedagógico, periodístico y político orientado a domesticar nuestra ignorancia furiosa y su ritmo tuitero con dosis fuertes de una humildad. Tenemos, todos, que aprender a distinguir entre la duda fundada y la desconfianza del que, como decía Huidobro, “no sabe si le hablan en serio o si le toman el pelo”.

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