José Hernández Bonivento

José Hernández Bonivento

Director del Instituto Chileno de Estudios Municipales (ICHEM), Universidad Autónoma de Chile.

Opinión

Descentralización “a la chilena”

Lago Lanalhue, ubicado 147 kilómetros al sur de Concepción. Foto: Esteban Paredes

Es un hecho: el año 2020 será el inicio de una nueva configuración política del Estado chileno. Con la promulgación de las leyes 21.073, que regula la elección de los gobernadores regionales, y 21.074 de fortalecimiento a la regionalización, se abren las puertas para la tan esperada descentralización, la cual llega con 30 años de retraso.

Y llega, como es de esperarse, generando muchas expectativas en unos y no pocos temores en otros. Por lo mismo, y aprovechando la ventaja de ser los últimos en llegar, es importante ver lo que ha pasado en el vecindario y aprender de experiencias, buenas y malas, que nos dejan los procesos de descentralización latinoamericanos.

En efecto, América Latina se embarcó en una serie de reformas institucionales para alcanzar varias metas: en lo político, fortalecer la legitimidad de los gobiernos a través de la elección de representantes en todos los niveles de gobierno; en lo administrativo, acercar el poder de toma de decisión a los gobiernos más próximos a la ciudadanía para identificar necesidades y aprovechar oportunidades del entorno; y en lo fiscal, una mayor autonomía permitiría una mejor asignación de la inversión, según las prioridades territoriales.

Ahora, dichas promesas no han sido del todo alcanzadas y, en algunos casos, la descentralización ha generado nuevos problemas de no tan fácil solución: en lo político, se han presentado captura de intereses particulares de los bienes y servicios estatales; en lo administrativo, la falta de capacidades administrativas en los territorios ha deteriorado el funcionamiento estatal; en lo fiscal, los malos manejos presupuestales terminaron siendo una nueva carga para el gobierno central.

Existen, entonces, razones para el optimismo, pero también para la prudencia en lo que respecta a la descentralización. Aun así, Chile cuenta con herramientas para aprovechar este cambio: un sistema burocrático que permitiría generar capacidades en los territorios; una arraigada cultura de apego a las normas y, si eso falla, varios mecanismos de participación, transparencia y rendición de cuentas para fiscalizar la administración local. Además, las elecciones regionales generarían un espacio para nuevas ideas y liderazgos, tan necesarios para el dinamismo de la política nacional.

Es hora entonces de revisar y aprender, de innovar y construir una descentralización “a la chilena”, que nos permita aprovechar las ventajas y enfrentar los desafíos del cambio por venir

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