Desde la esperanza



Por Óscar Guillermo Garretón, economista

Pensemos hoy el futuro luego de esta elección. Llegamos a ella en medio de una gran crisis política. Tiene razón la sociedad. Es en la política y en quienes la encarnan donde reside la mayor carencia. La Convención Constituyente es un ámbito, donde a la larga, solo el acuerdo amplio evita un fracaso monumental; en ese sentido, representa una oportunidad preciosa. Obviamente, la Constituyente también es política, pero de otro sello. A diferencia de la polarización atrincherada con que se llega a ella, está conminada al entendimiento amplio. La mera suma de tercios no sirve, solo es reminiscencia de lógicas y calculadoras sin sentido.

Pero tanto o más importante, está obligada a tratar temas ajenos a la mercantilización que viene consumiendo a la política. El mercado es lo que puede ser y en milenios no ha desaparecido, pero no es capaz de contener ni menos agotar en sí mismo a una sociedad. La carencia de fondo de la política, es el vacío en el pensar y el actuar con un proyecto de sociedad que vaya más allá del interés privado de quienes la ejercen a tiempo completo.

El mayor factor de mercantilización de la vida social es hoy la privatización de la política. La sustitución de la preocupación por la “polis”, por la preocupación en la carrera o destino personal. La “clientilización” en el reclutamiento de militancia nueva. La compra de voluntades ofreciendo billete a destajo sin mirar más allá del día siguiente o de la elección próxima. Es la mercantilización mediática de “la nueva elite”, de protagonistas y conductores de espacios públicos, atentos al escándalo y la agresión como camino a ese divinizado “rating” que les renta política y personalmente, manipulando a merced, especialmente a los más vulnerables de la sociedad. La mercantilización es sobre todo, la mercantilización de esta nueva elite político-mediática.

El cambio cultural de la política es condición “sine qua non” de un proyecto de futuro. Necesitamos que en ella prime, a diferencia de hoy, la centralidad en la preocupación por una democracia fuerte, inclusiva en todos los ámbitos de la vida humana. La Convención Constituyente es una esperanza de construir -parafraseando a Humberto Maturana- un convivir colectivo en armonía, con nuevas instituciones que le den forma. Abre posibilidad de encuentros que se deshagan de lógicas de acuerdo y desacuerdo propias de concepciones malsanas y añejas. Su misión política, además de construir una Constitución que permita convivir y mirar con fe el futuro, es inseparable de su capacidad para romper ese engendro siamés de diversidad nueva aun alojada en orgánicas políticas congeladas en un pasado binominal ya muerto. Escribo entonces, desde esas esperanzas.

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