Desvarío final

piñera cucuta


En el curso de los eventos que sacuden a Venezuela, la centroizquierda chilena terminó de ilustrar algunas de las causas que explican la profundidad de su crisis; entre ellas, atavismos ideológicos a estas alturas desquiciantes, que llevan a no pocos a respaldar y a relativizar la dictadura de Maduro; asimismo, el ambiguo compromiso con la democracia y los DD.HH., derivado de una visión del mundo maniquea, anclada todavía en lógicas de la Guerra Fría. Por último, el factor esta semana decisivo: la obsesión por situarse en la vereda opuesta a Sebastián Piñera a como dé lugar; un rictus que llevó a buena parte de la oposición a tomar distancia del notable esfuerzo realizado por la comunidad internacional, con el objeto de abrir un puente humanitario hacia el pueblo venezolano.

Salvo escasas excepciones, la coartada que se usó fue alimentar los fetiches de siempre: las maniobras del imperialismo, las amenazas a la soberanía, el interés de apoderarse de las riquezas naturales, etc.; consignas a estas alturas añejas y archiconocidas, que solo sirven de subterfugio para esquivar la crítica a un régimen que ha pisoteado las instituciones democráticas y ha condenado a su pueblo a un drama humanitario sin precedentes. El coro desplegado para cuestionar el protagonismo de Sebastián Pinera en la entrega de la ayuda internacional resumió el grado de frustración que el escenario actual provoca en la centroizquierda, un escenario del que opta entonces por marginarse, aunque ello suponga un costo político cercano al letal.

El drama es que ya no hay vuelta atrás: la necesidad de poner el foco en aspectos subalternos (los "riesgos" del viaje de Piñera a la zona o las duras expresiones de Miguel Bosé cuestionando la pasividad de Michelle Bachelet), buscando además generar sobrerreacciones estériles, solo viene a confirmar el mar de fondo: Venezuela vive horas decisivas en su lucha por el retorno a la democracia, y un sector relevante de la centroizquierda chilena ha preferido ponerse en la vereda del frente, saltando de una anécdota a otra, para no asumir una posición clara en defensa del proceso ya en marcha. En efecto, las ambivalencias que provoca la ruina del último sueño revolucionario y el protagonismo que en dicho desenlace está teniendo Sebastián Piñera, le hacen imposible no tomar distancia de una causa de dimensiones globales, apoyada por la inmensa mayoría de las naciones democráticas, aunque ello signifique un suicidio político.

Más temprano que tarde, la lucha del pueblo venezolano y el apoyo de la comunidad internacional darán sus frutos, permitiendo a la democracia abrirse camino. Cuando eso ocurra, muchos de los que hoy en Chile optaron por poner el foco en cuestiones secundarias dirán que siempre estuvieron comprometidos con esta causa y este proceso. Pero sus palabras, sus actos y sus silencios serán un testimonio ineludible que, para bien o para mal, no podrá ser borrado de esta historia. Porque afortunadamente, aun en estos tiempos, la mala memoria tiene un límite.

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