Dilemas electorales del acuerdo

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Recién apagadas las luces de las celebraciones por el acuerdo logrado en el Congreso para cambiar la Constitución, vale la pena echarles una mirada con lupa a los efectos electorales que se provocarán. Todos estos sufragios los organizará el mismo Servel, que se encarga de los escrutinios habituales. El mismo que coloca locales de votación con dificultades de acceso, se enreda con el padrón, no hace campañas por la participación y tiene una conformación binominal en su directorio que termina condenándolo a la inacción. Va a estresarlos mucho la primera concurrencia a las urnas en abril de 2020.

El plebiscito de entrada tiene otros asuntos no resueltos. En primer lugar, si se mantiene el esquema de votación voluntaria, el riesgo de baja participación podría deslegitimar todo. Y va a haber incentivos a ello. Coinciden José Antonio Kast y el PC en las críticas al acuerdo, y en las últimas horas se han sumado otros maximalistas. El exceso de autobombo que se dieron varios de los actores políticos para atribuirse la paternidad del documento firmado en la madrugada exacerba también el discurso de que la clase política se está apropiando de una victoria que no es de ellos. Si en las campañas para ir a votar se presentan como una validación de las vilipendiadas cocinas, y no como una oportunidad de la democracia, es una tentación para muchos a apostar por la abstención.

Dos casos donde la clase política celebró sus acuerdos más de la cuenta y se cayeron en plebiscitos fueron el realizado en Colombia en 2016 para validar los acuerdos de paz con las Farc, y el de Dinamarca en 1992, sobre su vinculación a la Unión Europea. En ambos casos las campañas de los maximalistas en contra se centraron con éxito en el divorcio de los intereses de los políticos con los sentimientos de las personas.

Una vez pasado el escollo del plebiscito viene la elección de los constituyentes en octubre de 2020. Es muy difícil pensar que la fórmula mixta pase la valla electoral, en el caso de que la mayoría apruebe cambiar la Constitución. Debido a que la fórmula es la misma que se ocupa para elegir a los diputados, o sea sistema proporcional con cifra repartidora, los problemas pueden ser los mismos. En primer lugar, resulta difícil de entender una elección con muchas dificultades para los independientes que quieran pertenecer a la convención constituyente. En redes sociales corren nombres de "buenas personas" que debieran ser constituyentes, pero finalmente estarán los que el pueblo elija. Cualquier otra forma no electoral para que los adorados por Twitter estén en la convención huele a corporativismo y atenta contra la democracia.

Pero los sistemas de elección son importantes. La restricción de un año impuesta, que en la práctica es hasta las municipales del 2024, implica que los partidos prioricen sus mejores cartas para la elección parlamentaria del año 2021. El nuevo Congreso será el que tendrá que adaptar las leyes a la nueva Constitución y, por tanto, tendrá un rol muy importante en los juegos de poder de la nueva República. Esto lleva a serios problemas de elenco para la designación de las candidaturas a constituyentes. Y, por cierto, muchos independientes pensarán en serio si quieren ir patrocinados por los desprestigiados partidos, quienes lo apoyarán pensando en influir en sus decisiones. Y queda después el plebiscito ratificatorio, la primera elección en Chile con padrón universal y voto obligatorio, de organización y resultados impredecibles.

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