Divisiones morales

El presidente del Perú, Martín Vizcarra




El Perú no tiene partidos enraizados, pero no necesitas tenerlos para estar partido. En los últimos años se ha establecido una división política (fujimorismo vs. antifujimorismo) que ha ido adoptando connotación moral. La sincronía de capas políticas y morales ha coadyuvado a una dicotomía maniquea del país. En un bando los autoritarios, corruptos y golpistas, y en el otro, los demócratas, honestos y republicanos. La mayoría de las élites (políticas, económicas, intelectuales, artísticas) se ha ido alineando, estigmatizando al “otro” y dañando así el pluralismo necesario a toda democracia.

Martín Vizcarra, un solitario de la política regional peruana, entendió muy bien ese clivaje y, una vez instalado en Palacio de Gobierno, tomó partido por uno de los dos bandos, insuflándole sus recursos políticos en beneficio del adherido. Así, el actual Presidente ha liderado el campo antifujimorista (una estirpe de excaudillos devenidos en antihéroes, como Alejandro Toledo y Ollanta Humala), en un contexto de escándalos (Lava Jato) que ha golpeado a todo el establishment, pero sobre todo a Fuerza Popular. El cierre del Congreso anterior -justificado constitucionalmente o no- y la prisión preventiva de Keiko Fujimori, le otorgó al fujimorismo una derrota política casi fulminante y a Vizcarra, el agradecimiento “eterno” de los detractores de los Fujimori.

En la racionalidad política de Vizcarra, forjar un partido o una bancada propios resulta costoso e innecesario, a pesar de su acceso al Estado y sus altos niveles de popularidad. ¿Se imaginan a un Presidente gobernando sin Congreso por casi 6 meses y con 80% de aprobación en plena pandemia? El mandatario apostó por una zona de confort que descansa en dos pilares como claves de su estabilidad: un círculo político (un puñado de colaboradores leales) y el apoyo de la opinión pública (con la gracia y venia de mediáticos influencers antifujimoristas). Pero no imaginó que el séquito de escuderos que le protegiera durante su carrera política, se quebraría hasta socavar la legitimidad moral sobre la que erigieron su prestigio.

Una serie de audios develados públicamente, atestiguan la micro-gestión del poder palaciego y delatan a un Presidente preocupado por ocultar sus vinculaciones con un artista de segundo orden, beneficiado con casi 50 mil dólares por consultorías estatales de dudosa contribución. Este hecho -cuya falta está en investigaciones por la Fiscalía y el Congreso- deslegitima la politización de la moral, la que lo había beneficiado hasta ahora. Así, el destino del mandatario peruano no solo queda en manos de la interpretación del Tribunal Constitucional (para detener el juicio político), sino también en el antifujimorismo. Siendo este último el operador de la politización de la moral, las posibilidades de pervivencia de quien ha sido -hasta ahora- su último baluarte son altas.

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