Educación: lo urgente y lo importante



Por Eugenio Severin, director ejecutivo de Tu clase, tu país

En el nuevo ciclo que comienza este año, la educación chilena encuentra un momento particularmente importante para su desarrollo futuro. Quien asuma su liderazgo en el nuevo gobierno deberá manejar paralelamente dos agendas, la de lo urgente, y la de lo importante.

La primera tiene que ver con las consecuencias de dos años de pandemia y los consecuentes cierres en el sistema escolar. Junto con asegurar condiciones de retorno seguras, que entreguen confianza a familias y educadores, deberá fortalecer el sistema híbrido (conectividad, plataformas y dispositivos), de manera de asegurar que, si los cierres vuelven como efecto de una agudización de los contagios u otras causas, el sistema educativo podrá seguir funcionando de manera remota. No puede volver a ocurrir que esto implique una nueva desventaja para estudiantes de familias vulnerables o rurales.

En cualquier escenario, con clases presenciales, remotas o híbridas, la urgencia será acelerar el aprendizaje de todos los estudiantes, de manera de asegurar que podrán recuperar con justicia las oportunidades de desarrollo que se han visto retrasadas.

Esto implica atender simultáneamente tres frentes: primero, las condiciones de acceso y aprovechamiento de los recursos digitales, incluyendo no solo dispositivos, conectividad y plataformas, sino también recursos y servicios digitales para el aprendizaje, y formación y apoyo para que profesoras y profesores puedan sacarle máximo provecho. Segundo, un foco de especial atención al aprendizaje socioemocional, a la escuela como espacio de contención y cuidado, de desarrollo de vínculos humanos fuertes, de comunidades educativas integradas e integrales. Y, tercero, estrategias de aceleración del aprendizaje para todos los estudiantes, con ampliación del tiempo y oportunidades para el desarrollo de habilidades y conocimientos, así como experiencias de aprendizaje más atractivas y activas para niñas, niños y jóvenes.

La agenda de lo urgente deberá convivir con otra agenda, la de lo importante. Ya desde antes de la pandemia había señales alarmantes de falta de efectividad y propósito en los sistemas educativos. Estudiantes y docentes abandonando temprano las escuelas, malos resultados en pruebas nacionales e internacionales, falta de sentido compartido, prácticas educativas pasivas, falta de motivación.

Existe un creciente consenso en la necesidad de un cambio paradigmático que vuelva a conectar con el sentido más profundo de la educación: cómo construimos comunidades que preparen a sus ciudadanos para la vida real en el siglo XXI, de manera profunda e integral. Las respuestas del siglo XVIII ya no son válidas.

Si Chile quiere volver a crecer para ofrecer mejores oportunidades a sus habitantes, la educación tiene que jugar un papel fundamental, y eso significa una educación fundamentalmente diferente a la que teníamos hace dos años. Pero el fracaso de educadores, docentes, estudiantes e interesados en la educación, sería que después de la pandemia simplemente retornáramos a lo mismo de antes.

Las futuras autoridades deberán liderar un proceso de diálogo, diseño y construcción de las bases de nuestro sistema educativo para el siglo XXI, con amplia participación de las comunidades, de manera de retomar el papel central que la escuela y la educación tiene en el desarrollo de la sociedad.

Eso pasará por preguntas esenciales sobre el currículo (su extensión, foco y profundidad), el sistema de aseguramiento de la calidad y las señales de la evaluación, los mecanismos de atracción, formación y acompañamiento a los docentes, el involucramiento de las familias, las formas de financiamiento, la organización de la oferta de las escuelas, etc. Se trata de preguntas y desafíos muy importantes, que requerirán de diálogo y acuerdo, lo que probablemente tomará buena parte, si no todo el período presidencial que comienza, pero sin lo cual, habremos perdido una oportunidad histórica, y habremos condenado a generaciones de estudiantes a seguir presos de un sistema escolar que no cumple su promesa de ser espacio de desarrollo integral y preparación para ser miembros plenos de la sociedad del siglo XXI.

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