El 18 de octubre



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

A dos años sigue llamando la atención que haya gente que no termina por sorprenderse de que sucediera lo que ocurrió. Es que desde entonces no hemos hecho otra cosa que revivir el 18-O. Sea como temor a que el suceso se repita, o bien, pasa el tiempo, y al no abandonarnos, cuesta acordarse cómo era vivir sin semejante amenaza. Por otro lado, está esa otra sensación -sospecha en retrospectiva- de que quizá lo que hemos estado viviendo no haya sido del todo imprevisible. Como cuando alguien dice, pero si era “lo que esperábamos sin saberlo”. Palabras textuales citadas recientemente por Roberto Calasso en su ensayo La actualidad innombrable (¿porque calzan con nuestra época?). Fueron dichas por el francés Robert Brasillach, simpatizante fascista, al recordar en sus memorias el año 1933, cuando Hitler sube al poder. Súmele que Alessandro Baricco titule su reflexión última sobre nuestra desazón actual pandémica Lo que estábamos buscando, y es como para darle crédito a tanta “previsión” en retrospectiva. Dele una vuelta, y verá que tampoco es descartable respecto al 18-O.

En Chile las revueltas y estallidos, desde comienzos del siglo XX, no son para nada una sorpresa o aberración (son parte del mismo orden establecido, su otra cara). Lo inverosímil es que se llegara a creer que no volverían a producirse de nuevo. Aún más dudoso es que la gente menos indicada terminara avalando el 18-O y se sumara a la desesperada tesis -ni siquiera justificada por aturdimiento- de que en Chile solo mediante este tipo de violencia se pueden hacer cambios. Lo mismo se dijo para justificar el golpe del 73 y sus barbaridades. En efecto, cierta derecha -Lavín, Piñera, nacional populistas como Desbordes, también Evópoli- han creído que camuflándose de progresistas y concesivos, volviéndose más concertacionistas que los propios, pueden hacerse parte de un hipotético inicio refundacional porque, de lo contrario, quedan fuera de la historia. Cuando, de hecho, han sido superados, a pesar de servir de comparsa a un extremismo que ha hecho perdurar el 18-O. No solo en las calles, en redes sociales, universidades, la Convención, y con Boric, el “tapado” a la mexicana, que seguramente hará de guaripola del proceso desde La Moneda después de la elección.

Y todo porque se creía impensable que quisieran obviarse los esplendorosos avances de principios de los años 90. Sin, por supuesto, admitir que en esos años se sentaron las bases para que cundiera la crítica, la no participación (dejando la iniciativa a células que han venido haciendo su lento trabajo), y el empantanamiento conformista transversal (la dupla capicúa Bachelet-Piñera con sus respectivas “pasaditas”, su mejor ejemplo), ni decir la corrupción y falta de renovación institucional. No, a dos años, el 18-O sigue siendo una revelación anunciada.

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