El abrazo de Jackson y Naranjo



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

No voy a escribir sobre la acusación constitucional contra el Presidente Piñera. Tampoco voy a llamar “espectáculo degradante” -como dijo este mismo diario en su editorial- al describir la maratónica sesión en el Congreso, ni tampoco diré que estas puestas en escena deterioran a las instituciones, entre otras cosas porque nuestras instituciones han sido incapaces de reinventarse, renovarse y ofrecer a las personas una mejor versión de sí mismas.

Para algunos, las críticas sobre este abrazo se nutren de palabras como absurdo, espectáculo, maniobra o circo. Esos comentarios vienen en general de quienes defienden al Presidente y/o a la República, una figura que han ido acomodando para que solo entren las elites pero nunca el pueblo, un espacio muy serio y docto, donde aquellas personas que reclaman por injusticias y abusos son vistas con mala cara. En la República hay sobriedad, jamás griterío.

El abrazo de Giorgio Jackson y Jaime Naranjo fue un momento que proyectó futuro, buenos augurios y posibilidades. No certezas, sino que una oportunidad simbólica. Para quienes confiamos en la política (pero no nos gustan las malas formas de la política) ver a dos políticos distintos, uno mayor y otro joven, uno que tiene experiencia en el Chile de antes y otro que parece conocer al Chile de ahora, nos da una ventana de esperanza y creer que la frase manoseada de “la unidad” puede ser posible.

Lo dice muy bien el sociólogo Jorge Fábrega en sus estudios cuando habla de la polarización que vivimos en Chile. Plantea que quienes están polarizadas son las elites (es decir los representantes de la política, de grupos económicos, de medios de comunicación y otros líderes), mientras el resto de las personas los observan atónitos mientras se despolitizan, se desinteresan de lo público, pero no se polarizan. La no elite, es decir, la mayoría, a diario comparte y trabaja en sus territorios y espacios con todos y todas. Las racionalidades de las elites, versus las emociones de las personas. En este contexto, el abrazo de Giorgio y Jaime simboliza una alternativa de trabajar juntos y juntas, en vez de discutir quién es más socialista, o más progresista o quién tiene más experiencia para gobernar.

Cada uno aporta lo que tiene: a los 70 años se tienen cosas que a los 36 no. Y al revés: lo que sobra a los 36 años falta a los 70. Para tener un proyecto político de verdad unitario hace falta proyectar la diversidad que compone al país, la pasión genuina por conseguir algo, el coraje y la humildad. Un arrebato de sinceridad y hasta de cariño por lo que se hace. Pasas y un cartucho con queques. En ese abrazo no se pueden discutir cupos, o vocerías, o arreglines.

Hay millones de personas que gracias a los últimos 20 meses sus vidas están en jaque, y cuando miran a la política solo ven discusiones incomprensibles. A ver si el símbolo de ese abrazo da luces y proyecta una mayoría capaz de ofrecer a las personas aquello que están buscando para confiar.

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