El año en que vivimos en delirio



Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

Un año después, Sudamérica sigue convulsionada. Los mecanismos institucionales y participativos no han sido tan eficaces como la pandemia para atenuar la movilización social. Hagamos un breve inventario. El plebiscito en Chile no ha mitigado la furia de la calle; en Bolivia, las elecciones del domingo pasado devuelven el poder al MAS, manteniendo similares niveles de activa polarización; en Ecuador, la campaña electoral no ha neutralizado la pululación de protestas; y en Colombia, una gran movilización indígena -la Minga- ha llegado a la capital. Las medidas de confinamiento y distanciamiento social frente al Covid-19 han generado una pausa cautelosa, pero no han constituido una represa definitiva al malestar social callejero que estalló hace doce meses.

Salvo el caso del MAS boliviano, los procesos de movilización en los países indicados no han tenido una dirección política partidaria. El “estallido social” chileno ha desbordado a todo el establishment político, incluyendo a la “renovada” izquierda. El movimiento indígena ecuatoriano -clave en la organización de las protestas del año pasado- participa en el actual proceso electoral con la candidatura presidencial de Yaku Pérez, rezagada detrás de la polarización entre el “correísmo sin Correa” (Andrés Aráuz) y la derecha conservadora (Guillermo Lasso). La Minga colombiana, por su parte, ha articulado a amplios sectores sociales -estudiantes, maestros-, pero guarda distancias con el oportunismo de los líderes políticos de izquierda -como Gustavo Petro.

Esta separación entre movimiento social y dirigencia política no es un dato menor, pues desvirtúa ciertos delirios que florecen en los extremos ideológicos cuando ensayan desajustadas interpretaciones de la realidad. La izquierda en estos países basa su narrativa en individuos que, aparentemente, sufren delirios de grandeza. Estos “sujetos sociales” habrían encontrado en la participación en protestas la semilla de un “nuevo orden” político. Si bien es cierto que los (inéditos) niveles de participación en manifestaciones sociales han incrementado la sensación de eficacia política, el hecho de no canalizar esta energía social mediante liderazgos políticos, hace más probable el desborde social. En Chile, por ejemplo, una movilización sin partidos no asegura la prosperidad de una nueva Constitución, en la cual la agenda movilizada sea implementada adecuadamente.

La derecha en dichos países basa su narrativa en individuos que parecen padecer de delirio paranoide, pues interpretan la movilización social como originada en enemigos ideológicos internacionales. Esta “lectura” se niega a reconocer la espontaneidad de la rabia. Mientras estos delirios de superioridad moral y de manía persecutoria sean centrales en las narrativas políticas, la polarización y la violencia ganarán más espacio y protagonismo.

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