El desafío de construir y reconstruir (instituciones)



Entre 2011 y 2012 trabajé en Haití. Y si bien hay una serie de dificultades que te advierten antes de ir, nadie mencionó la dificultad para conducir por las calles de Puerto Príncipe. Asunto especialmente complejo de noche, porque la luz pública prácticamente no existe y los autos transitan con sus luces altas, encandilando a todos. Esta anécdota, creo, ilustra la importancia del rol de las instituciones públicas en un país.

La ausencia de luz pública hace que cada quien trate de ver el camino por sí sólo. El resultado final es que todos pierden visibilidad, salvo aquellos que tienen luces más fuertes o compran focos adicionales, así, la luz de la calle no les va ni les viene, se iluminan por su propia cuenta. Al igual que este caso, cuando las instituciones públicas se encuentran ausentes o están deterioradas en diversas dimensiones de nuestra convivencia, todos y todas perdemos como sociedad. Temáticas tan esenciales en la construcción de un país como la equidad, la justicia, la democracia o el desarrollo, no son posibles sin instituciones públicas que velen por el bienestar común. Las instituciones públicas son por esencia colectivas, e implican la madurez de una sociedad que comprende que todas las personas somos interdependientes. Por eso, al igual que la luz que alumbra las carreteras mostrando por donde deben transitar los autos, necesitamos normas, roles, bienes y procesos que nos permitan convivir y, de esta manera, vivir mejor. Podemos concluir, por tanto, que el construir instituciones públicas sólidas camina en la vereda opuesta al individualismo.

En Chile nos ha costado mucho construir el Estado y las instituciones que tenemos. Ha sido un trabajo colectivo y sostenido durante décadas, resultado de múltiples generaciones y distintos sectores que se han dispuesto a una construcción colectiva de una u otra forma. Sin embargo, vemos síntomas de un debilitamiento sistemático de las instituciones públicas. Se observa en el ámbito educativo con una matrícula de establecimientos municipales cada año más baja; en el sistema de pensiones, donde se retiró el 30% de los fondos, dejando a más del 20% de la población sin pensiones futuras. En seguridad, donde el abandono del Estado en muchos barrios produjo tierra fértil para el narcotráfico. En la vivienda social, donde los escasos mecanismos de planificación urbana y la centralidad del subsidio a la demanda reproducen la segregación social. De esta manera, todo parece indicar que el desafío de recomponer nuestras instituciones está en la base de cualquier propósito colectivo que nos depare.

Pero el ritmo y el tono de la construcción institucional no es uno cualquiera. Exige una mirada de mediano y largo plazo; una vocación por ceder y llegar a acuerdos lo más amplio posible para asegurar la sostenibilidad de los avances; un lenguaje prudente y asertivo, que evite crispaciones innecesarias; y sobre todo, un respeto irrestricto por el poder, entendiendo que el poder de una institución no le pertenece a nadie en particular, sino a la sociedad en su conjunto, que mandata su administración a personas específicas por un período determinado.

Es tal vez este desafío – el de reconstruir y fortalecer nuestra institucionalidad – el propósito más trascendental que nos convoca en materia de políticas públicas en el momento actual. Un propósito que, por lo demás, se encuentra en el trasfondo del momento constitucional que estamos viviendo en Chile y que se extenderá más allá del 5 de septiembre en cualquiera de los escenarios del plebiscito. No está de más, entonces, pensar respecto de qué podemos hacer cada uno y cada una por el fortalecimiento de nuestras propias instituciones desde el lugar en que nos encontremos durante este período crucial, pues debemos recordar siempre tres consideraciones. La primera, es que el Estado nunca corre solo cuando las instituciones públicas y democráticas se debilitan, organizaciones muchas veces abusivas comienzan a imperar en los territorios. La segunda, que cuando están ausentes o se deterioran las instituciones públicas, siempre terminan ganando en el corto plazo quienes no necesitan de ellas, y estos nunca serán los más desfavorecidos o excluidos de una sociedad.  Y la tercera, que cuando la luz pública no existe en la noche, hasta los más iluminados por su propia cuenta se tornan más vulnerables a los vaivenes del tráfico y el camino.

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