El día despúes

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Se siente en el aire que la segunda vuelta tendrá un resultado de infarto, que la diferencia en las cifras puede ser pequeña, pero, en todo lo demás, dejará instalado un verdadero abismo: una distancia sideral entre visiones de país y diagnósticos sobre el presente, que llevarán a mucha gente a votar en función del miedo y la lógica del mal menor. En los hechos, a partir del balotaje emergerán dos países todavía más enfrentados, con nada en común y muy poco ánimo de colaboración. Si gana Kast un sector importante de la actual oposición verá dicho resultado casi como una declaración de guerra. Si gana Boric, será muy difícil que la derecha no se sienta tentada a tratar al nuevo gobierno de la misma forma en que fue tratado el que ahora concluye.

El año 2000, la contienda Lagos-Lavín planteó una encrucijada inédita; era la primera vez que el electorado debía resolver en un balotaje, entre dos opciones que en ese momento parecían muy antitéticas. Pero había una mirada similar respecto a los avances que Chile había tenido desde el retorno a la democracia, la legitimidad de las instituciones no estaba en juego y nadie planteaba una agenda de cambios refundacionales. Hoy el contraste entre las visiones en disputa es descomunal, en un contexto de crisis política donde los mínimos comunes terminaron de esfumarse. El miedo y la desconfianza en el adversario son un elemento decisivo; los fantasmas y atavismos del pasado están ahora más presentes que nunca.

La gran interrogante es qué ocurrirá al día siguiente, cuando gane quien gane, el país deba seguir funcionando, viabilizando decisiones y políticas públicas en un cuadro altamente complejo. Donde además de las dificultades propias del ciclo económico, político e institucional, el próximo gobierno deberá hacerse cargo de las enormes expectativas generadas desde el estallido social. Con un Presidente débil, que ni siquiera llegó al 30% en primera vuelta; y que deberá intentar construir mayorías en un Congreso atomizado, sin ninguna voluntad de cooperación. Además, con un proceso constituyente en marcha, cuyas mayorías al interior de la Convención se comportarán muy distinto dependiendo de quien gane y quien pierda.

¿Cómo se sale de la lógica destituyente y de la demolición vivida, al menos, durante estos dos últimos años? ¿Después de haberle declarado la guerra al actual gobierno, tendría la izquierda autoridad moral para pedirle espíritu de colaboración a la derecha en un eventual gobierno de Gabriel Boric? ¿Si la actual oposición avaló y justificó toda la espiral de violencia política vivida desde el estallido social, cómo se comportaría frente a un gobierno de José Antonio Kast? En otros términos, ¿tiene este país alguna posibilidad de reparación? ¿O estamos de verdad condenados a seguir transitando bajo el “peso de la noche”?

El 20 de diciembre, el día después de la segunda vuelta, Chile tendrá que hacerse cargo de algunas de las interrogantes más complejas de nuestra historia reciente.

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