El entusiasmo

Producciones fotograficas FOTO:NADIA PEREZ/AGENCIAUNO




La derecha cayó en una trampa perfecta: sus alternativas frente al cuarto retiro de los fondos previsionales son perder o perder. Su candidato presidencial -Sebastián Sichel- es hoy el rostro emblemático del rechazo a esta “mala política pública”; eso lo tiene a la baja en las encuestas y tensionado con un sector de su coalición. Si al final la iniciativa termina rechazada por culpa de la derecha, los costos electorales serán enormes y, quizás, definitivos. Pero si el cuarto retiro prospera será sólo porque un grupo de parlamentarios oficialistas lo respaldó, con lo cual el liderazgo de su candidato y la capacidad de orden de sus partidos habrán quedado seriamente dañados.

Puede ser loable el esfuerzo del gobierno y del propio Sichel por evitar que los fondos previsionales sigan siendo desangrados, pero su eventual sentido de responsabilidad es hoy parte de un diagnóstico derrotado en el país del estallido social y la pandemia; uno donde las urgencias pasaron a ser el motivo para que la clase política viera en el subsidio directo a la demanda su principal estrategia de relegitimación. Vaciar los fondos previsionales y exprimir las arcas fiscales de la forma en que se está haciendo dañará a Chile para siempre, pero no les importa.

Como era esperable, las expectativas de los consumidores suben cual espuma, imponiendo un escenario de riesgo político relevante a mediano plazo. En rigor, el próximo gobierno pagará un alto precio cuando el combustible de este carnaval consumista comience a declinar. La fantasía de poder seguir usando políticamente los recursos públicos, y el anhelo de liquidar los ahorros previsionales, contará con la complicidad de un sector relevante de la población, que ya comienza a internalizar el costo que implicará asumir la decisión de poner término a la fiesta. La impresentable decisión de Gabriel Boric -girando del rechazo al respaldo del cuarto retiro- es un símbolo de cómo hoy las convicciones sucumben frente al poder del dinero.

El entusiasmo generado por el espectro de esta abundancia ha comenzado a instalar también un manto de indolencia frente al deterioro político e institucional en marcha. Tanto, que es probable que la mentira del constituyente Rojas Vade respecto a un cáncer inexistente ni siquiera termine con su salida de la Convención. Es parte de esta complicidad masiva con la trasgresión de las reglas del juego, instalada y valorada por muchos después del estallido de octubre. Ahora, además, la expectativa de seguir recibiendo recursos extraordinarios pone la crisis y el deterioro sistémico en una realidad paralela, al margen de un estado onírico del que nadie quiere despertar.

Pero va a terminar y, cuando lo haga, vamos a vivir en un país mucho más pobre, sin ahorros, con una capacidad bastante más acotada para endeudarnos, con más inflación y menos inversión. Un país donde sin duda habremos cumplido el sueño de dejar definitivamente atrás los treinta años más despreciados de nuestra historia.

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