El eslabón más débil

Ministro Paris responde al Colegio de Enfermeras: “Por Dios no me pidan que deje de hacer los controles habituales”




La última encuesta Cadem fue reveladora: mostró que en el contexto generado desde el estallido social y en el trance más duro de la pandemia, dos tercios de los ministros lograron una aprobación sobre el 50%. Un hito circunstancial, pero que vino a confirmar el inesperado efecto que la llegada de Enrique Paris tuvo sobre el resto del gabinete. En la semana donde también se firma el acuerdo con un sector de la oposición, para inyectar 12 mil millones de dólares, la evaluación individual de los ministros matizó, por primera vez, el alto rechazo que el gobierno ha tenido desde octubre pasado.

Las cifras ilustran algo significativo: en un cuadro de creciente polarización, los integrantes del gabinete pueden desprenderse de la evaluación negativa del Presidente de la República y del Ejecutivo como un todo. A su vez, muestran que la decisión de reemplazar al exministro Mañalich y de impulsar un acuerdo con la oposición no dio a Sebastián Piñera ningún rédito inmediato, pero sí a la nueva autoridad sanitaria, que en su primera medición llega a un 66% de respaldo, mientras los demás ministros suben también de manera relevante.

Está claro entonces que el principal problema del gobierno sigue siendo la imagen del Presidente Piñera; de algún modo, él es el gran catalizador de los malestares y frustraciones acumulados por la ciudadanía. Pero, al mismo tiempo, ello no impide que sus ministros tengan una buena evaluación personal, es decir, que su gestión sea calificada con independencia de la imagen presidencial. Es una realidad inusual, que, de consolidarse, obligará al gobierno y a la oposición a redefinir sus diseños de mediano y largo plazo.

Al parecer, insistir en la salida del exministro Mañalich del gabinete fue una mala jugada para los adversarios del oficialismo. En estas primeras semanas, su reemplazante ha exhibido una empatía y manejo comunicacional que han resultado en un gran acierto político, precisamente cuando el coronavirus muestra sus impactos más aciagos. Y cuando está todavía pendiente el efecto que tendrá la transferencia de recursos a la ciudadanía en los próximos meses. El precedente es categórico: durante la recesión de 2009 la curva de aumento del gasto fiscal terminó dando lugar a una línea casi paralela en la aprobación a Michelle Bachelet y su gobierno. Algo que ni siquiera los anticuerpos que genera Sebastián Piñera permiten descartar.

Así, esta lógica de encapsulamiento presidencial, bien administrada, puede terminar siendo un importante activo político. La buena evaluación de la mayoría del gabinete confirma que la polarización a la que han apostado diversos actores tiene matices relevantes, algo necesario de aquilatar en la futura estrategia política del gobierno y la oposición. Que en las actuales circunstancias los ministros de Piñera exhiban estos niveles de respaldo confirma que en el escenario político hay un margen que no se somete a las simples y tentadoras dicotomías.

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