Jorge Burgos

Jorge Burgos

Abogado

Opinión

El gigante egoísta


Se me ocurrió que una columna de febrero podía ser una buena oportunidad para comentar y recomendar la lectura de un par de libros que he atacado en estos días. Por cierto, desde la perspectiva de un lector de a pie, que ha andado por la vida, como tributario de la virtud de otros a la hora de escribir sobre realidades y creaciones, por cierto profundamente agradecido.

Para ello había elegido la novela “El regreso” de Hisham Matar. Llegó a mis manos por insinuación del escritor y librero Francisco Mouat. En esta notable novela, su autor describe un retrato profundo sobre la necesidad cotidiana de saber sobre el paradero y destino de un ser querido caído en prisión por decisión de un gobernante autócrata, en la especie uno de los más brutales de todos, el funesto y desvergonzado Gadafi. Como lo señala un crítico literario, mucho más aguja que este aficionado: “(Matar) posee una mirada y un oído de enorme sutileza y sensibilidad, que le permite relatar una impactante historia de amor, lealtad y coraje”.

Pero mi afán crítico, prometo transitorio, incluía también el género del ensayo político, “Como mueren las democracias”, de los profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt. Una muy buena investigación, de largos años, que sitúa el riesgo de la supervivencia de las democracias, no ya en los golpes militares o las revoluciones, sino en el lento pero perceptible debilitamiento de sus instituciones básicas, las jurídicas, las relativas al funcionamiento de una prensa libre. Cuando el riesgo de opciones populistas se cierne por doquier (la fértil provincia no está inmune), la lectura de este trabajo es oportuna.

Si bien he terminado en buena parte de esta columna consumando mi objetivo, no pude abstraerme de la contingencia para su cierre, aunque es cierto que para el título acudí al cuento infantil del gran Oscar Wilde. “¿Qué hacéis en mi jardín?”, le pregunta el gigante a los niños que querrían jugar en él. “¿Qué hacéis en mi lago, en mi playa?”, le pregunta el robusto Pérez a las señoras que querían disfrutar de un día de descanso en el Ranco de todos.

No quiero caer en la moralina -quién no ha caído en una actitud de abuso verbal en base a un privilegio, me declaro reo desde ya-, pero aquello por un lado permite ver lo mal que se ven esas maneras y, por el otro, reprochar la tosca y brutal escena.

El notable migrante venezolano nos regaló, entre muchas obras e instituciones, el Código Civil, vigente casi en su integridad. En él, con elegancia poética, define por playa la extensión de tierra que las olas bañan y desocupan, alternativamente, hasta donde llegan en las más altas mareas. Es cierto que el carácter de bien nacional de uso público no ha sido fácil de implementar, en particular, en el Chile de hoy, donde -qué buena cosa- muchos quieren disfrutar de lo que les pertenece. Pero qué tosco intérprete surgió estos días; dicen que es muy instruido. Bien le vendría releer a Oscar Wilde en su fábula infantil. Como ocurre en el género, termina bien, pero ello requiere de un cambio de actitud.

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