El Johnson

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Foto: Reuters



En lo único en que Boris Johnson y Donald Trump son idénticos es en el nivel de furia que despiertan entre las élites progresistas. En lo demás, toda similitud es matizada. Ambos parecen marcados por la famosa sentencia de Virgilio "audentis fortuna iuvat" - "a los que se atreven sonríe la fortuna". La diferencia es que Johnson es capaz de leer, y quizás ha leído, La Eneida en latín, mientras que la única imagen que el nombre de Virgilio puede traer a la memoria de Trump es la de algún (léase con american accent) "hombre" potencialmente indocumentado que toma "siestas". "They are not sending their best Virgilios". Es la distancia -y la proximidad- entre Julio César y un Centurión romano. Esto, a pesar de que quien realmente tiene a su cargo un imperio es el segundo.

Johnson no se ve a sí mismo -ni es visto por sus votantes- como una especie de supervendedor de autos usados que logrará los mejores deals gracias a su desvergonzada astucia y agresivo regateo. No desprecia ni la política ni a los políticos. No prometió "secar el pantano de Westminster". Al revés, es la encarnación del genio político puro, con todo el ruido, el colorido y la efervescencia retórica que se puede esperar de él. Es un real líder político, y cualquiera que escuche sus primeros discursos como primer ministro lo notará de inmediato. Posee la peligrosa habilidad de cautivar audiencias y engendrar emociones.

Pero Johnson es, también, un maestro de la bufonada. De no tomarse muy en serio ni a sí mismo ni a los contextos que enfrenta. Esa distancia irónica respecto a todo es la que le permite decir cosas que hundirían la carrera de muchos políticos, pero sin sufrir siquiera un rasguño. Y también, por supuesto, le facilita aquello que el diablo mismo (Al Pacino) le aconseja al joven Kevin Lomax (Keanu Reeves) en El abogado del diablo: que no lo vean venir. Su estrategia, sin embargo, es distinta a la del demonio en la película: Johnson no juega a ser el "tipo pequeño", que nadie nota hasta que es muy tarde, sino que ha creado un personaje excesivo, estrambótico, que muchos no toman en serio, hasta que es demasiado tarde.

Nada de esto previene, por supuesto, que la gestión del nuevo primer ministro inglés sea un breve desastre. Todos sabemos que lo que el Reino Unido tiene por delante no es un camino de pétalos de rosas, y que casi cualquier cosa puede pasar de aquí al 31 de octubre, fecha final para dejar la Unión Europea. Pero nos recuerda el valor y la importancia de la política cuando se trata de enfrentar escenarios complejos. Nos recuerda, en otras palabras, el rol moral que desempeñan los representantes respecto a las comunidades, y cómo ignorarlo sistemáticamente, tal como hacen los progresistas espantados, lleva simplemente a caminos sin salida, por mucho consenso técnico que haya respecto a lo que se debe hacer.

Algo que las élites globales deberían aprender del caso Brexit es que no derrotarán al populismo que tanto temen simplemente apuntándolo con el dedo tecnocrático. Deben descender al ágora y buscar un camino político. Deben atreverse para que la fortuna les sonría. Deben, horror de horrores, practicar la democracia que se supone que pretenden defender.

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