El miedo




El aislamiento forzado que ha impuesto la pandemia se está haciendo cada vez más duro. Los días se repiten sin diferenciarse, la economía se resiente, el temor al contagio se extiende y las relaciones con aquellos que se convive, a menudo se vuelven tensas. Pero no es solo el encierro; la amenaza, para muchos el verdadero miedo, es perder ese modesto pero tangible nivel de bienestar y seguridad que el progreso de las últimas décadas ha permitido alcanzar. El “aliento de la pobreza en la nuca” (expresión del querido sociólogo Carlos Catalán, recién fallecido), describe lúcidamente la precariedad que ha acompañado el innegable ascenso de la clase media chilena.

Hoy, el verdadero rostro de la pobreza, no ya su aliento, está golpeando a la puerta de muchos hogares.

Son tantas las amenazas que se nos ciernen, que no es fácil discriminar cuál es a la que debemos prestar mayor atención. ¿Es la prioridad el maléfico virus? ¿O es la miseria que la batalla contra la pandemia está generando? Lo aterrador, creo, es que podría no ser ni la una ni la otra. Veamos.

Escuché esta semana (Cieplan) a las alcaldesas Evelyn Matthei (Providencia) y Carolina Leitao (Peñalolén), mujeres fuertes y luminosas, relatando sus miedos respecto al futuro. En parte se refirieron a sus comunas, pero más que nada al país. Ambas relataron, agobiadas, la durísima coyuntura que enfrentan. Sin embargo, su mayor temor (así lo entendí) no es el coronavirus, que cobrará muchas vidas, pero pasará, como han pasado las epidemias desde hace siglos. Tampoco es la inminente debacle económica, que finalmente también se recuperará, como ha ocurrido siempre con las crisis de este tipo. Su mayor temor, concordaron, es ese grupo social inmanejable, que se está marginando, saliéndose de la sociedad y de las normas de vida en común, en general jóvenes que no trabajan, no estudian, sin sueños, sin proyecto, excepto la disrupción, destrucción y odio contra un sistema en el cual, así lo creen, no tienen cabida. Algunos, sin nada que perder, optando por el oscuro mundo de la droga y la delincuencia.

Son los que hicieron estallar el país en octubre, azuzados por políticos irresponsables que ven en el caos una oportunidad para imponer proyectos que han fracasado por medios democráticos.

Respecto a la pandemia, el gobierno tiene un plan, ministro con liderazgo, instituciones de salud que, con altos y bajos, finalmente funcionarán. En la economía ocurre lo mismo: hay plan, liderazgo en Hacienda, Banco Central, empresas y empresarios que saben lo que tienen que hacer. Pero para este sector de la sociedad que se excluye, listo para destruir y quemar, para neutralizar a los irresponsables que los incitan, para eso no hay plan; ni bueno ni malo, simplemente nada. Ahí radica lo que, en acuerdo con las alcaldesas, debiera ser nuestra principal tarea pendiente, la fuente de nuestro verdadero miedo.

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