El ministro Jackson develó la mayor debilidad del gobierno

Foto: Andres Perez / La Tercera



Hay errores y errores. Cuando la ministra del Interior señala a los parlamentarios que respecto de la violencia se les olvidó o “se pegaron en la cabeza” si no reconocen que viene de antes, se trata de una falta de respeto en la forma. Algo que no es tan raro en ella. En este caso le valió una sanción unánime de la Cámara de Diputados. Cuando el ministro de Economía dice que la inflación “trae costos y beneficios para las pymes”, está reflejando una falta de criterio o bien ignorancia. O si el ministro de Hacienda compra flores a un vendedor ambulante, podemos entender que fue un descuido.

Otra cosa muy distinta son las afirmaciones del ministro de la Segpres, Giorgio Jackson, cuando aseguró que “nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió, que podría estar identificada con el mismo rango de espectro político, como la centroizquierda y la izquierda”. Aquí es más delicado. Primero, porque no se trata de un error; nadie duda de que el ministro Jackson, en el fondo, piensa eso. De allí que podrá pedir todas las disculpas del caso, pero el daño está hecho. Uno que tiene consecuencias profundas.

Primero en la coalición de gobierno. La idea de sentirse superiores a muchos de sus actuales socios fue el detonante para quebrar una relación que ya estaba muy dañada entre el ministro con el Congreso y los partidos políticos. Tanto, que deja en suspenso su continuidad en el cargo, ya que su primer trabajo es la relación con el Poder Legislativo.

Pero el problema mayor que reflejan las palabras de Jackson es su trasfondo: una suerte de superioridad y desprecio por el pasado y sus protagonistas, como si todo lo sucedido antes de la llegada de la actual generación fuera malo, negativo e incluso moralmente inferior. Si bien frases como estas ya se habían escuchado en representantes de esta coalición, no hacen más que confirmar que a estas alturas la actitud de arrogancia constituye probablemente la mayor debilidad de quienes integran la actual administración, creyendo además que eso les da pie para decir y hacer lo que quieran.

En ese camino se han encontrado con dos realidades: un fuerte rechazo en la evaluación de la gestión del gobierno y una constelación de declaraciones equivocadas de los ministros y otras autoridades, lo que ha obligado a constantes explicaciones y disculpas. No deja de ser extraño que a pesar de todo esto, todavía no exista un aprendizaje sobre la importancia de ser más cuidadosos, más aún cuando se está viviendo un momento político tan complejo, con el plebiscito constitucional a pocas semanas.

Algunos podrán justificarse en que son pecados de juventud, propios de la inexperiencia de un grupo de personas que llegó al gobierno casi sin pensarlo. Más allá de que ello puede ser efectivo, lo cierto es que si bien Boric, Jackson, Vallejo, Siches y otros son jóvenes, ya tienen mucha experiencia política acumulada, primero como dirigentes estudiantiles, después como diputados o en roles gremiales, y ahora como ministros. Entonces, podrán ser jóvenes de edad, pero ya “viejos” en la política, lo que hace aún más inexcusables actitudes que crispan todavía más el ambiente político.

Algo parecido ya se vio con la Convención Constitucional, donde en muchos de sus miembros permearon dos características muy marcadas: ellos estaban por sobre todo; no aceptaban crítica alguna. Segundo, que había que partir de cero. El resultado de todo ello está a la vista: la Convención cayó en el desprestigio total y la propuesta constitucional no es compartida por la mayoría de la población.

En todo esto, el Presidente Boric actúa como puede. No solo sale a corregir a sus ministros y colaboradores, sino que también cambia de opinión tantas veces como sea necesario. Este sin duda es un juego de corto plazo; nadie puede pedir disculpas todo el tiempo. Por ello, a futuro Boric no solo tendrá que ordenar o reorganizar sus equipos, sino también apaciguar a los suyos, lo que por lo visto será una tarea difícil de lograr.

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