El Presidente y la comunicación de riesgo

El Presidente Piñera ofreció disculpas por no haber cumplido con las disposiciones sanitarias instruidas por el gobierno y subió una foto en la que se pone mascarilla.




Ver al Presidente de la República pasear sin mascarilla por la playa nos recuerda de inmediato a otros líderes sin mascarilla: a Donald Trump cuando en pleno apogeo de la pandemia en EE.UU. se negaba a usarla para no darle en el gusto a la prensa de fotografiarlo; y al Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien salió a pasear en moto y también olvidó la mascarilla. Ambos no la utilizan cuando tienen encuentros masivos con sus seguidores, demostrando su fortaleza frente a “una gripe más” como la han llamado. Los tres presidentes al no usar mascarilla realizan un acto de comunicación de mucho riesgo: dan el ejemplo de que no es necesario usarla y de que no exigirán su uso a las personas.

La comunicación de riesgo es el nombre con el que la OMS define el tipo de comunicación que los gobiernos deben llevar adelante cuando se enfrentan a problemas de salud graves. Es el “intercambio de información en tiempo real”, destinada a las personas “que están sufriendo una amenazada a su salud”, cuyo objetivo es “tomar decisiones informadas”. La comunicación de riesgo tiene por objetivo salvar vidas y a la vez mantener cohesión en países o localidades que enfrentan amenazas a su salud. Reglas sanitarias para todos, sin excepción.

Dentro de los principios de la comunicación de riesgo está la necesidad de las autoridades de “construir confianzas” con la comunidad (aquí el no uso de la mascarilla del Presidente no suma mucha confianza); bajar la incertidumbre y explicar lo que está sucediendo en tiempo real (no retrasar la información ni complejizar el conteo de personas muertas o contagiadas); trabajar de manera coordinada hacia el interior del gobierno y hacia el exterior, lo que implica coordinarse con autoridades territoriales, sociedades médicas, expertos, expertas, centros de conocimiento, medios de comunicación, comunidades; tener una comunicación proactiva con mensajes que beneficien a las personas (simples, claros, por todos los canales de comunicación y no solo las RRSS); implicar y hacer participar a la comunidad en las estrategias de prevención, autocuidado y detección de síntomas (el gobierno de Chile no tiene estrategias de trabajo con la comunidad a través de juntas de vecinos u otras asociaciones ciudadanas de salud, pacientes que hay en todo el país); y, finalmente, la transparencia en el manejo de la pandemia, parte vital del frágil equilibrio de la construcción de confianzas: aquí ha tenido que mediar hasta la justicia para que la transparencia se haga presente.

La comunidad debe estar al centro como la clave para salir adelante en esta pandemia: pero no solo con la mirada punitiva que aplica el gobierno culpándola de los contagios por salir a trabajar o ir a fiestas, sino involucrándola participativamente en la estrategia. El ejemplo lo debe dar el gobierno porque tiene el poder democrático y simbólico frente a la ciudadanía, por eso el poder de la imagen de un presidente sin mascarilla y sin sanción es tan complejo.

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