El sueño chileno



Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

Érase una vez, cuando las políticas económicas de mercado gozaban de buena fama entre propios y extraños. En la región, Chile aparecía como su bastión. La comunidad internacional otorgaba legitimidad tecnocrática y el hecho de que la transición democrática no hubiese desmontado las piedras angulares del “modelo”, dotó de legitimidad política al “sueño chileno”. Al punto de que la centroizquierda en el poder se creyó el cuento del “fin de la historia”. Además, pueblos vecinos, escépticos de sus propios gobernantes, decidieron cruzar las fronteras para beneficiarse de primera mano de los frutos del milagro de los Chicago Boys. Desde la década del noventa del pasado siglo, miles de familias peruanas y bolivianas, primero, colombianas y venezolanas, después, fueron atraídas por esta esquina del mundo que prometía crecimiento económico y libertades democráticas. Algo parecido al American Dream del subcontinente austral, un idilio bañado por el Mapocho.

Mas, cuando el espectador se convierte en protagonista goza de una visión amplificada de la trama, y el relato onírico adquiere, entonces, la crudeza del realismo. El crecimiento económico se ve bien de lejos, pero la desigualdad solo se nota cuando se le mira de cerca, a los ojos. La “invisibilidad” del mercado se palpa en las horas extras de trabajo para alcanzar un ingreso decente y la debilidad del Estado se echa de menos cuando se requieren protecciones sociales elementales. Aunque, este Estado “mínimo” no es tan frágil en su ejercicio de la coerción de demandas sociales movilizadas. Por otro lado, la violencia política, camuflada de anarquismo OCDE, ha estallado en nuestras narices a punta de “bombazos” desde hace más de diez años. Además, la clase política -reproducida entre los mismos apellidos, educadas en las mismas escuelas- está tan divorciada de su sociedad, como en los mismos países de donde emigraron quienes quisieron disfrutar de los frutos de este paraíso a la vuelta de la esquina. Pero resulta que este sueño sudamericano es administrado por un gobierno que tiende a perder el sentido común, con la colaboración de una oposición sin sentido muchas veces. Si millones de chilenos se sienten traicionados por una promesa rota, imagínese como se sentirán aquellos que apostaron al desarraigo y hoy se confunden entre las masas que frecuentan La Alameda, no como ambulantes, sino como manifestantes.

Para un sector mayoritario de chilenos, el plebiscito del 25 de octubre se ha convertido en parte de un nuevo sueño. Uno que lleva de la “dictadura del neoliberalismo” a una “socialdemocracia más justa y equitativa”, a través del atajo de la movilización sin partidos. Por un lado temo, sinceramente, que se trate de una fantasía tan idílica como de la que se acaba de despertar. Pero, por otro lado, quizás este renovado sueño chileno tenga un valor en sí mismo, no solo para los nacionales sino, asimismo, para quienes vienen de países que no recuerdan lo que sueñan.

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