El tren de don Otto

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Por Iván Poduje, arquitecto

Los camioneros tienen fama de rudos en todo el mundo, lo que se agrava en Chile por el paro que le hicieron al expresidente Allende y que muchos no olvidan ni perdonan. Estos odios se reflotaron cuando varias carreteras fueron tomadas por camioneros como protesta por los ataques que viven en el sur. Los mismos políticos que adularon a los “barra brava” que incendiaron edificios en el estallido, salieron a condenar la “mano blanda” del gobierno con los camioneros, haciendo gala del doble estándar al que nos tienen acostumbrados.

Y como ocurre en cada paro rodoviario, expertos y políticos exigieron que los trenes vuelvan a tener el rol protagónico del pasado, que habría sido liquidado como “agradecimiento” al rol de los camioneros en el golpe de Estado. Quienes sostienen esta teoría conspirativa, olvidan que cuando el tren tuvo su período de gloria, no existían los aviones de bajo costo, ni los buses interprovinciales o el auto masificado en clases medias. Fueron esos modos los que mataron al tren de larga distancia acá y en el resto del mundo, salvo en países ricos donde estos sistemas subsisten con subsidios enormes del Estado.

En Chile hemos vivido dos crisis sucesivas, así que los recursos deben gastarse en proyectos que se justifiquen por su beneficio social. Ello ocurre con los trenes de cercanía que ya operan en las áreas metropolitanas de Santiago, Valparaíso y Concepción, y que podrían ampliarse si la Empresa de Ferrocarriles del Estado (EFE) no se demorara décadas en ejecutar nuevos proyectos. En carga, el tren es competitivo en zonas geográficas vinculadas a actividades productivas, como ocurre en el norte con la minería, o el sur con la celulosa y la madera.

Pero incluso masificando estos servicios, los camiones seguirán siendo más importantes que los trenes. Esto no tiene que ver con la prepotencia de los Moyano o los Hoffa chilenos, que sin duda existe, sino que con su capilaridad para llegar a los puntos de destino y los centros de distribución de ciudades y puertos. Por ello es tan ridículo suponer que el poder camionero se puede reducir reflotando trenes de larga distancia y además es peligroso, ya que tapa el problema de fondo que es la existencia de bandas criminales que disparan a choferes y sus familias en la Panamericana Sur.

¿Qué garantiza que estos delincuentes que balean niños no vuelen puentes ferroviarios, si desaparecieran todos los camiones por decreto? Por supuesto que nada; sería como el chiste de don Otto, solo que, en vez de vender el sillón, reemplazaríamos los camiones por locomotoras con vagones. Los trenes son un asunto serio. Son inversiones cuantiosas que no pueden planificarse para resolver traumas del pasado o para tapar problemas de violencia que no tienen nada que ver con la conectividad y el transporte.

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