En la cornisa

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO



Por María de los Ángeles Fernández, cientista política y analista política

De los sucesos recientes, tan interesante resulta la irrupción de la diputada Pamela Jiles en la lista de presidenciables, catapultada además por la última encuesta CEP, como las claves que se entregan para su interpretación.

Desde acusarla sin más de populista al esfuerzo por escudriñar lo que mueve a sus seguidores, pasando por la admiración frente a su habilidad en el manejo de las redes sociales en combinación con la apropiación de códigos estéticos de la cultura pop, asistimos a la remasterización de algo ya conocido: la “política de la antipolítica”.

Más allá de factores locales, su emergencia, a partir de promover sucesivos retiros de los fondos de pensiones como forma de paliar las insuficientes ayudas estatales para enfrentar la crisis del Covid-19, debe colocarse en el marco del declive de la democracia a nivel global.

Frente a ello, ¿qué nos dicen, tanto sus iniciativas como sus desplantes, acerca de nuestra comprensión de la democracia y, sobre todo, de unos esfuerzos por mejorarla que hoy se leen como insuficientes? Resulta inevitable no recordar cómo la gradualidad de las reformas políticas se recogió en una idea que buscaba justificar la prudencia. La “teoría del salame” no logró tanta popularidad como la de la “cocina” a la que, por cierto, ha recurrido la diputada de la performance otaku para sembrar sospechas sobre las conversaciones que la presidenta del Senado sostiene con el gobierno. Lo que con ello se logra es sepultar, una y otra vez, lo que es la esencia de la política democrática: la conciliación de intereses diversos en un clima de tolerancia y apoyo mutuos.

La situación obliga a recurrir a ópticas más descarnadas. Autores como Garzón Valdés recalcan que la democracia representativa, al igual que el mercado, tiene el potencial de convertirse en una “institución suicida”. Aunque ambas aspiran a garantizar el máximo de libertad dentro de un cierto marco normativo, “libradas a sí mismas, tienen la propiedad disposicional de autodestruirse, frustrando así la obtención de los objetivos para los que fueron concebidos”. Por su parte Bernard Crick, apoyándose en Aristóteles, recuerda que “las democracias tenían una especial propensión a desembocar en tiranías a causa de la ‘desfachatez de los demagogos’”. Y ¿no sería acaso demagogia lo que esconde esa “sátira del poder” en la que se solaza Pablo Maltés, atípico consorte en un claro caso de “política conyugal”?

Mientras proliferan los intentos por comprender algo que solo percola cuando una comunidad  permite que grandes contingentes de sus miembros sientan que poco o nada tienen que perder, el posible avance de la opción presidencial de Jiles conduciría-y hay que decirlo sin ambages-a esos suicidios colectivos que, tristemente, jalonan la historia de América Latina.

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