Escenario incierto



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Es curioso, se nos viene anticipando que esta elección va a ser de una importancia capital, la más trascendental de nuestra historia contemporánea, pero se ha sido reticente en especificar en qué sentido. ¿Es que no se quiere confesar que se tienen tremendos temores y puede que se cumplan? Extraño. La política supone cálculo y previsibilidad. Los resultados no quedan a merced del puro azar. Si las elecciones fueran como jugar ruleta hace rato habrían dejado de existir.

La Encyclopædia Britannica, en su famosa edición undécima, remonta las votaciones a la costumbre en Grecia e Italia de los primeros monarcas de invitar “a pronunciarse a su pueblo en asuntos en los que era prudente obtener su consentimiento de antemano”, voceando a todo dar o metiendo bulla con lanzas y escudos, de donde derivaría la palabra suffragium (literalmente, ruido fuerte y entusiasta) referida a dicha práctica. Suerte de “cacerolazo” orquestado para manifestar anuencia ante el requerimiento solicitado, con la salvedad que en esa época, a diferencia de hoy, la autoridad convocaba y manejaba la situación.

El artículo anterior es de 1910-11. La proclama “A los Electores de la Comuna de San Francisco de Mostazal” para hacer elegir al balmacedista Enrique Zañartu Prieto, es de 1906. Un extraordinario documento que debemos a Julio Heise, en que se promocionan los talentos del joven Zañartu, sus vínculos en la zona, con el gobierno, el progreso (a favor de escuelas, jardines, playas, alumbrado eléctrico, veredas, pavimentación, médico gratuito…), y en cuyo nombre se insta a los ciudadanos que voten por él y pasen “a hacer algo por la vida” (comer), a un asado y “refrescos” en lugar señalado, el día de la votación donde, junto a la “gratificación” correspondiente, podían hacerse parte de la rifa de “¡Una vaca lechera con cría al pie, de toro fino!”, y una yunta de bueyes de resultar Zañartu el candidato más votado. Ni qué decirlo, el aplicado candidato fue elegido, nadie objetó su triunfo conforme las reglas del juego vigentes, y se aseguraron que hubiesen los menos imponderables posibles.

Tal como uno pensaría que se sigue operando hoy día junto a sus también dádivas, presiones y demagogias. Menos democrático todo entonces, por supuesto, pero con un matiz acertado que nunca faltó. En los viejos tiempos se admitía que, a la par del ofertón, debían pesar la política y sus instituciones, sospechosas de dicha manipulación y poder electoral, conscientes además que los ciudadanos, aun cuando se hacen parte de la teatralidad escenificada a sabiendas, no siempre “votan con sabiduría”. Creer que, por sí solos, sin liderazgos y controles, serían su propia salvación habría sido ingenuo: suelen volverse verdugos de unos y otros, e imponderables de ese calibre una vez desatados impiden echar pie atrás.

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