Juan Manuel Vial

Juan Manuel Vial

Crítico literario

Opinión

El escritor que ama a los buitres


Las más de 50 piezas narrativas que componen Besos humanos fueron escritas en un período de tiempo extenso, desde principios de la década de 1960 hasta el presente. “Escritas”, hay que aclarar, no corresponde exactamente a “publicadas”, hecho que, de manera modesta, podría aumentar el número de peculiaridades que rodean la existencia real y literaria de Francisco Ferrer Lerín, un poeta y ornitólogo español de ideas fijas, no lo suficientemente conocido, por desgracia, que en 2011 publicó la que hasta ahora es su única y fenomenal novela: Familias como la mía. Allí él desarrolla varios de los temas tratados con brevedad en estos inquietantes Besos humanos: el interés por las aves carroñeras (sus adoradas necrófagas), la disposición al humor negro con ribetes transilvanos, el énfasis en cierta sexualidad un tanto feroz, el ritmo contenido de una locuacidad magistral.
La imaginación es otro de los puntales de la narrativa de Ferrer Lerín. Pero, claro, no hablo de una imaginación simple, liberada al espontaneísmo o a la divagación inconclusa. Me refiero a esa cualidad oscura, perversa y perseverante, que hace que el lector, a su vez, imagine la mente del escritor como un agujero negro, insondable, del cual resulta imposible emerger una vez ocurrido el tropiezo inicial.
Estos Besos humanos reparan en decenas de cadáveres, en composiciones rurales de pueblos españoles casi abandonados por la modernidad, en fábulas siniestras, en cantidad de muertos en vida, en alusiones personales y personalísimas (“la convicción de que todo texto ha de tener un sustrato de experiencia personal de cierto riesgo”), en la recurrencia a libros raros y en un sentido del humor de amplio rango, que puede ir desde la siempre saludable incorrección política hasta algo más conmovedor y poético, como esta especie de epitafio titulado FUE FELIZ: “Nunca necesitó viajar. / Nunca necesitó expresarse en una lengua que no fuera la suya”.
Numerosos son también los en apariencia despiadados retratos de sí mismo que el escritor disemina a lo largo de las narraciones. Puede que tras la suma de ellos el lector entienda rotundamente a qué apunto cuando hablo no sólo de un gran autor, sino también de un personaje memorable. “Inicié la redacción con grandes bríos y con la buena sensación de que no se iba a interrumpir. Sin embargo, en la frase ‘Llegamos a una ciudad en la que las mujeres debieron de llevar bigote’, quedé dudando si no sería mejor la fórmula ‘dejarse bigote’ o quizá incluso ‘lucir bigote’ y perdí los bríos, la fuerza creativa y la esperanza de conseguir el relato definitivo, el que me llevara a ganar el Premio Manzana Dorada y Guacamoles”. O este último: “La piel ya quebradiza (ni gota de sol le dijo el médico). Las rodillas machacadas por kilos y kilos de carroña en sacos cargados a la espalda por duras pendientes. Sentado. En la silla de ruedas. Ante el gran ventanal. Que da a la sierra de Onete donde los milanos reales planean al sol. Y ahora un grupo de estólidas vacas llevan días pastando en el claro del bosque. Pide ayuda al enfermero. Cazador. Corrupto. Que le facilita el arma. El viejo ornitólogo ajusta los pernos. Apoya lento el brazo de trapo. El frío rifle pegado a la cara. Y dispara. Al amanecer una nube de buitres cae del cielo sobre la carne vacuna. Vísceras. Huesos. Ferrer Lerín cree que sueña. Felicidad olvidada. En esta agonía”.

#Tags


Seguir leyendo