Opinión

Esperanza en la iglesia chilena


Señor director:

La Declaración de la Conferencia Episcopal debe considerársela un paso adelante importante. Comencé a leerla con pocas expectativas. Me equivoqué.

La Declaración merece una lectura de buena fe. La institución eclesiástica chilena ha sido desautorizada por el Papa Francisco. Hoy nadie le cree. Por esto, si los obispos responden a las quejas muy serias que se les hacen, el comunicado del viernes merece juzgárselo con la misma seriedad.

A mi parecer la Declaración tiene los siguientes méritos. En ella se reconoce el mal cometido por “personal consagrado” (me hubiera gustado que hablara de nosotros los sacerdotes y obispos); pide perdón a las víctimas (lo cual es muy importante cuando el perdón se dirige a personas que han sido tratadas como culpables siendo inocentes); ofrece a ellas una reparación institucional (sin excluir el aspecto económico); compromete la creación de normas e instituciones para prevenir abusos de diversa índole y para encausar los que a futuro puedan cometerse. Me resulta especialmente significativo que, por estas vías, pueda rehabilitarse el honor de personas humilladas por representantes de Dios.

Al leerla, uno tiene la impresión de que la Declaración va al grano. La ciudadanía y los católicos estamos cansados de un lenguaje episcopal melifluo, útil para salir del paso, “chivero”.

Otro avance, menos importante, pero más vistoso, es la decisión del Arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati de no celebrar el próximo Te Deum. La razón la da él mismo. Hace eco de la carta del Papa para decir, en breve, que ha escuchado la voz de Dios al escuchar en la voz que proviene de la ciudadanía. No sé si se trate de un caso inédito. Pero, al igual que la Declaración, es uno entre los demás hechos que configuran la crisis más grande de la jerarquía chilena en su historia.

Esta Declaración, y este paso al lado, en la medida que se lo considera sobre todo un paso adelante, auguran una recuperación.

Jorge Costadoat

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